La antiguía turística de París

El libro París Trash desvela el verdadero espíritu de la ciudad escondido tras la Torre Eiffel y los Campos Elíseos

La ciudad más visitada del mundo, y considerada a menudo la más bella, puede ser también sórdida y decadente. Una cara desconocida de la urbe que la antiguía turística París Trash descubre a aquellos que se han aburrido del glamur y el romanticismo. «Prevea una bolsa para vomitar y una maleta de supervivencia para esta visita guiada de la capital», aconseja la reveladora sinopsis del libro (Fluide Glacial, 2016) de Elsa Barrère, nacida en la ciudad hace 42 años.

A través de casi cien páginas, la autora narra con humor veinte anécdotas personales, una por cada distrito de París, para dar su visión de cada barrio, con toques de exageración o ficción, y algo de cómic firmado por el dibujante Stéphane Trapier. Desde locos que recitan interminables soliloquios hasta casas de apuestas ilegales, pasando por fumadores de crack, ladrones de bicicletas y borrachos, Barrère descubre así un París insólito, lejos del lujo y el buen vivir que inspira la capital francesa en los turistas extranjeros.

Al margen de las anécdotas y las descripciones, cada distrito cuenta con sus «puntos de interés», aunque algunos comerciantes salen tan mal parados -como el del «peor» restaurante de París-, que por respeto no se dan todas las direcciones exactas, explica Barrère. Esta mala imagen de la capital gala, si bien quizá desconocida para el visitante extranjero, no es nueva dentro de Francia. «Cuando mis familiares vienen a verme tienen miedo», confesó Barrère.

A la vista de esto y de la colección de anécdotas personales acumuladas, esta antigua guionista del programa satírico de televisión Les Guignols de l’Info -que inspiró Las noticias del Guiñol en España-, decidió abordar con ironía los aspectos de la metrópoli que el resto del país rehuye.

En los autobuses nocturnos, los pasajeros vomitan, insultan, fuman y hacen el amor

Barrère guía así al visitante intrépido a los salones de masaje asiáticos o a las peluquerías afro de Château d’Eau, de donde los mechones de cabello sintético salen y ruedan sobre las aceras para acabar enganchadas en la cadena de cualquier bicicleta allí aparcada. Tampoco se salvan los pájaros del parque de Buttes-Chaumont, que hubieran hecho las delicias de Alfred Hitchcock, ni los autobuses nocturnos, en los que «los pasajeros no se contentan con viajar, sino que también vomitan, insultan, fuman, se inyectan productos y hacen el amor».

Sin embargo, el lujo también puede ser rocambolesco y Barrère dedica unas líneas a contar o la indignación de los clientes en una tienda Nespresso el día que no quedaban cápsulas de un tipo concreto de café.

Entre las páginas de esta antítesis de guía turística, la autora se detiene también a describir a los habitantes de la ciudad que se atreven a comer en la calle, a los que llama los «warriors parisiens» –guerreros parisinos–. «Estos especímenes ya no huelen el olor a gasolina, ya no ven las materias fecales, la orina ni las colillas de los cigarrillos que los rodean. Les da igual. Comen. Y merecen un respeto. Merecen nuestra compasión, claro está, pero también un respeto», escribe Barrère.

Como si de una campaña de publicidad para lanzar las ventas de París Trash se tratase, la capital gala lleva sumergida dos semanas en una nube de contaminación que ha llevado a restringir el tráfico durante cuatro días, y una decena de parques públicos han sido cerrados debido a una infestación de ratas. 

 

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