Seborga, el principado soberano que nadie sabía que existía

La plaza San Martino, con el Palacio de los Monjes. / Fotos: Principado de Seborga

Seborga, el principado soberano que nadie sabía que existía

Con moneda, sellos postales y príncipe propio, este pueblo de Liguria defiende su soberanía gracias a una anomalía histórica

Juan Pedro Chuet-Missé

Barcelona

26/02/2017 - 06:00h

Seborga tiene todo el aspecto de ser un pueblo más del norte de Italia: casas de piedra, una iglesia del siglo XVII, una ermita un poco más lejos, y unos 360 habitantes que disfrutan de unas espectaculares vistas del Mediterráneo en esta región de Liguria, muy cerca de la frontera francesa y a la vista de Mónaco.

Pero Seborga es algo más: durante siglos fue un principado independiente, y las casas reales y las repúblicas con sus tratados se olvidaron de este pueblo como quien se deja una moneda dentro de un abrigo. Eso es lo que proclaman sus habitantes: que se reconozca a Seborga como el principado soberano más pequeño del mundo.

¿Y por qué habría que creer a los seborghini?

En su Atlas de Micronaciones (editorial Malas Herbes), el periodista italiano Graziano Grazini cuenta la rocambolesca historia de este pueblecito con ínfulas soberanas: con orígenes en el año 400, Seborga hacia el 954 pertenecía al feudo de los condes de Ventimiglia, y en 1079 fue consagrado como principado del Sacro Imperio Romano Germánico. Y durante siete siglos, hasta 1729, fue un micro-estado soberano.

El rey Víctor Amadeo II de Saboya anunció que compraría el feudo, pero la operación nunca quedó registrada. O sea, no hay ningún documento que confirme el traspaso a la casa de Saboya. Debido a este vacío legal, tampoco pasó a la república de Génova en 1748, y después de las guerras napoleónicas ningún funcionario reparó en Seborga cuando se repartieron los territorios que debían ser incluidos en el reino de Cerdeña.

Tan pequeño para que alguien se de cuenta, ningún documento da fe de su integración en el reino de Italia ni en la república creada en 1946. Es más, Benito Mussolini, en 1934, firmó un documento en el que se expresa que “el Principado de Seborga no pertenece a Italia”.

Este limbo legal fue aprovechado por una avispado floricultor de la zona, Giorgio Carbone, para proclamar la soberanía de Seborga, y de paso coronarse como príncipe con el nombre de Giorgio I. Tras su muerte en el 2009, los escasos 160 habitantes con derecho a voto eligieron al empresario Marcello Menegatto como nuevo príncipe, cuyo cargo será traspasado a quienes sus súbditos elijan en las próximas elecciones de abril.

Este minúsculo principado hace todos los deberes que corresponden a un Estado soberano: emite sellos postales, monedas (el ‘Luigino’ equivale a poco más de cinco euros), tiene una bandera, su himno y su correspondiente escudo de armas. Inclusive, es el único de los micro-estados no reconocidos que cuenta con sus propias fuerzas armadas: en realidad, es una guardia real de una docena de miembros provenientes de la policía local, que visten camisas y boinas celestes.

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La historia de Seborga podría ser un truco para atraer turistas a sus escasos 14 kilómetros cuadrados. Pero la seriedad con que los seborghini se toman el tema soberano tiene su correlato en un par de sucesos legales. Uno es la demanda de una noble llamada Yasmin von Hohenstaufen, que reclamaba la legitimidad del trono, en una intrincada historia que mezcla a los templarios con la protección del Santo Grial o alguna otra reliquia cristiana, como si fuera el argumento de un libro de Dan Brown.

Los habitantes del pueblo rechazaron las pretensiones, pero más serio fue el conflicto entre el Consejo de Ministros del principado y el propietario del palacete que funciona como sede. El litigio por la falta de pago del alquiler llegó a los tribunales de San Remo, que al descubrir el vacío legal por la ausencia del documento de la compra, se lavó las manos y derivó el caso al Tribunal Constitucional, que deberá decidir si la justicia italiana tiene competencias en Seborga.

Quizás los jueces resuelvan el problema de un plumazo y las reivindicaciones de los seborghini queden en un pintoresco reclamo, para que sea aprovechado para el turismo, tal como el minúsculo reino de Tavola, sobre el mar Tirreno. O es posible que les den la razón y el mundo tenga un nuevo estado soberano, aunque sólo cuente con 14 kilómetros cuadrados y 360 habitantes.

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