El país de las pagodas abandona su hermetismo

La pagoda de Kuthodaw, una de las más impactantes de Mandalay, en Birmania. Foto: Pau Arps.

El país de las pagodas abandona su hermetismo

La apertura del turismo de Birmania permite conocer un país sumergido en sus tradiciones, de un fuerte sentir religioso que se evidencia en sus miles de pagodas

Santiago Llinares

Grandes Productos

BARCELONA

01/07/2018 - 18:30h

Se llame Myanmar, Birmania o Burma, lo que no ha cambiado en este país, cerrado durante muchos años al turismo son sus pagodas milenarias, así como sus paisajes de arrozales y las curiosas tomateras flotantes del Lago Inle, donde los pescadores ofrecen un auténtico espectáculo.

Navegando en canoa por este lago también encontraremos una destilería artesanal de sake, toda una sorpresa, como lo es también descubrir aquí una bodega entre viñedos, algunos de ellos de uva Tempranillo, o asistir a la fabricación familiar y muy bien organizada de noodles de arroz.

Pagodas por doquier

Este es el país de las pagodas. Se suele decir que existen más de dos millones (aunque la cifra seguramente es exagerada), y las mejores de ellas, cerca de 2.500 construidas hace más de cinco siglos, se encuentran en Bagan.

Aquí las hay de todos los tamaños, materiales y colores, y la mejor forma de visitarlas es a bordo de una moto eléctrica con la que perderse por los caminos.

Birmania 2
Los arrozales se despliegan por todo el territorio de Birmania.

Un medio muy recomendable para llegar a la ciudad más emblemática de Myanmar es el barco. La idea es partir desde Mandalay, la antigua capital, en un viaje que durará de sol a sol por el majestuoso río Ayeyarwady, que atraviesa gran parte del país y desde el que se puede observar la vida cotidiana de los lugareños.

El río que da vida

Cerca del 70% de los birmanos que trabajan lo hacen en la agricultura. Además del arroz –Birmania, antes de la Segunda Guerra Mundial, era el primer exportador mundial de este cereal- los principales productos agrícolas son el algodón, el maíz, el cacahuete y el tabaco.

Todos ellos están favorecidos por los regadíos aprovechados en el curso del río Ayeyarwady. La omnipresencia de este río supone además que por todo el país se consuma pescado de agua dulce en abundancia.

La danza de los pescadores

Y en el hermoso lago Inle, destino obligado en un viaje por el país, donde la gente vive en palafitos, se puede asistir a todo un espectáculo, como es contemplar a los pescadores utilizar las tradicionales redes cónicas y desplazarse en pequeñas canoas que mueven manejando el remo con una pierna.

Es una auténtica coreografía sobre el agua. Los pescadores, como la mayor parte de habitantes de esta zona, son de la etnia inthya (hijos del lago), llegada desde el sureste de Myanmar en el siglo XIV.

El pulso del mercado

Para ver a los pescadores el visitante debe tomar un barco en Nyaung Shwe, y desde él se podrán observar tomateras aquí y allá en los llamados jardines flotantes.

Hay barcos que se dedican a recoger una especie de alga, donde plantarán encima las tomateras. Además cultivan calabacín, coliflor y pepino. Se puede ver cómo recogen los tomates, todos pequeños, desde la canoa y cómo los llevan a Nyaung Shwe, donde cooperativas y mayoristas los clasifican y colocan en cajas de madera que exportarán a todo el país.

Los que se quedan aquí se venden en el mercado de Nyaung Shwe. En todos los mercados del país hay toda clase de pescados de agua dulce, multitud de pescados secos, verdura de todo tipo, papayas, mangos y unas piñas muy dulces.

Kent MacElwee mercado
Mercado de Nyaung Shwe. Foto: Kent MacElwee

También hay gigantescos durios, cubiertos de espinas, cuyo fuerte olor ha llevado a prohibirlos en algunos hoteles, y puestos de trozos de madera de sándalo, de la que se obtiene el tánaka, una pasta amarilla que casi todas las mujeres y algunos hombres se untan en la cara para proteger la piel del sol.

La vida flotante

A lo largo del lago es posible visitar alguno de los mercados que se celebra cada cinco días, como el flotante de Ywama, cerca de la pagoda Phaung Daw U, que contiene imágenes de Buda del siglo XII.

 En barco también se puede llegar en una travesía de dos horas visitando el santuario de In Dein, aldeas de palafitos completamente alejadas del turismo, arrozales y campos de maíz, hasta Samkar. Allí, en medio del bosque, se encuentra una destilería artesanal de sake, el Best Jungle Sake.

Pagodas entre arrozales

Las pagodas y cuevas de los alrededores de Hpa-an se alzan entre bonitos paisajes de arrozales, como la pagoda Kyauk Kalap (que parece de inspiración daliniana) en la cima de una roca, o las cuevas de Saddan y Kawgun, ésta última con miles de tallas de Buda en su interior, algunas del siglo VII.

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Las pagodas se construyen en los lugares más insólitos. Foto: James Antrobus

En la zona de Hsipaw, lugar ideal para hacer trekking, se puede observar cómo los campos de maíz han ido comiendo terreno a los cultivos de té, con plantas de hace 150 años.

El sentiro religioso de Mandalay

Mandalay, la segunda ciudad del país después de Yangón, es el centro religioso más importante de Birmania. No hay que perderse la visita a los monasterios y pagodas a los pies de la colina, aunque la pagoda favorita de los habitantes de Mandalay es Mahamuni Paya, en el suroeste de la ciudad.

En Mandalay es muy recomendable el restaurante, muy popular, Aye Myit Tar, que sigue la tradición del país de servir los platos que se han pedido acompañados de otros muchos de verduras, patatas, ensaladas de vegetales y pescado, salsas y sopa.

En los alrededores de Mandalay, en Amarapura, un paseo por el puente U Bein, el más largo del mundo de madera de teca (mide más de un kilómetro), es símbolo de la sencillez y tradición de este país en perfecta armonía con la naturaleza.