Cómo el turismo alternativo acaba en masificación

Destinos que eran desconocidos sufren la masificación al ponerse de moda entre los turistas.

Cómo el turismo alternativo acaba en masificación

Cada vez más viajeros eligen experiencias fuera de los circuitos turísticos, pero su popularización causa diversos problemas

Periódicamente los analistas e investigadores acuñan un nuevo término para definir las tendencias. En el caso del turismo, la búsqueda de lo local refleja la demanda de viajeros para recorrer destinos y conocer de primera mano otras realidades, alejadas de los circuitos habituales.

Pero la contrapartida es cuando estos sitios ocultos ante el gran público comienzan a popularizarse entre las redes sociales, y al poco tiempo, lo que era ignoto pasa a estar de moda. Y la consecuencia son los casos de masificación, choques culturales, perjuicios al medio ambiente y, en ocasiones extremas, situaciones de rechazo al turismo.

Nuevas experiencias para el turista

El informe "Tendencias en viajes: Live like a local y saturación turística”, elaborado por Claudio Milano y María del Pilar Leal para la escuela de turismo Ostelea, analiza cómo el cambio de tendencias en el sector afecta a los lugares que no están preparados para recibir a turistas, o que superan la capacidad de sus infraestructuras.

Los promotores y las agencias buscan nuevos nichos para vender sus viajes, y etiquetan sus productos como “turismo de experiencias”, “turismo de emoción” o “turismo de sentidos”. Lo que buscan es sugerir al consumidor que su viaje será diferente a cualquier otro.

Del turismo alternativo de los años ’60 se pasó al turismo sostenible de los ’90, y actualmente impera el turismo social

En los últimos años, se añadieron otras nuevas categorías, el “turismo sensorial” y el “de lentitud”. El ‘slow travel’ busca una alternativa frente a los destinos saturados de visitas, evita los recorridos acelerados por las mecas turísticas y propone excursiones con más tiempo para el disfrute personal, y en sitios menos conocidos.

La evolución histórica de las tendencias

Esta evolución también tiene un recorrido histórico: en los años ’60, el movimiento hippy empezó a promover viajes alternativos a sitios desconocidos, desde ruinas indígenas en Sudamérica a las alturas de Nepal.

En los ’90 surgen las tendencias de ecoturismo y el turismo responsable, donde se concienciaban de que hay un mundo para descubrir, pero que cabe acercarse con respeto.

En el siglo XXI surgió el turismo entre las comunidades más desfavorecidas, donde el deseo de viajar se entremezcla con acciones sociales y de ayuda solidaria. El exotismo se conjuga con los conceptos de la búsqueda de la autenticidad, la sostenibilidad, el acercamiento a una cultura y en la que la experiencia se mezcla con la emoción y los sentidos.

Así fueron surgiendo viajes para conocer comunidades nativas en el Amazonas, en las selvas de Centroamérica o viajar con pastores trashumantes en Mongolia.

El viajero 3.0

Pero el viajero del siglo XXI es diferente al de décadas atrás. Del “turista tradicional 1.0, que sigue reservando sus vacaciones a través de agencias de viaje sin hacer uso de las nuevas tecnologías, se pasó al turista social 2.0, que además de hacer uso de internet para reservar vuelos y hoteles, usa las nuevas tecnologías para compartir sus experiencias”, indican Milano y Leal.

Y en los últimos años surgió el turista colaborativo 3.0, “que desea tener el control de todos los detalles del viaje”.

Pero este tipo de viajero, al difundir los detalles de su experiencia, promociona el destino, “y lo comparte con potenciales turistas y consumidores”.

Cuando estas experiencias se centran en sitios sin infraestructura para acoger al turismo, o que excede su capacidad, es cuando surgen los casos de masificación, indican los investigadores.

Cuando lo auténtico se masifica

Primero llegan las ofertas turísticas alternativas, la “promoción de la autenticidad”, con el contacto con la cultura local. Pero a la que se incrementa el número de visitantes, se abren nuevas vías de negocio, desde casas que ofrecen habitaciones a comercios, pasando por servicios de guías, traductores o choferes.

Sitios como Machu Picchu, los templos jemeres de Camboya o la Isla de Pascua limitan las visitas para no arruinar su patrimonio arqueológico

Si se mantiene un equilibrio, el negocio es sostenible; pero a la que las visitas exceden las infraestructuras, surgen casos de malestar social, y la consecuencia siguiente son las situaciones de rechazo.

La presión turística supera al destino

Esto se da en diferente escalas: desde la isla de Tailandia que popularizó Leonardo Di Caprio en el film La Playa, que tuvo que ser cerrada por la presión turística; hasta la prohibición de usar protectores solares en Hawái porque destruyen a los corales.

Barcelona, Ámsterdam, Dubrovnik y Venecia se citan como los ejemplos de ciudades que viven situaciones de masificación producto de un incremento acelerado de visitas.

Los problemas con el tránsito, el aumento de los precios de las propiedades y la pérdida de los comercios vecinales son algunas de las consecuencias en estas y otras ciudades.

Pero también se da con la imposición de límites a las visitas en sitios de un patrimonio histórico o natural frágil, como Macchu Pichu, la Isla de Pascua o los templos jemeres en Camboya.

El turismo social se confunde con casos de agencias y viajeros que no respetan las costumbres locales, o que realizan actos incívicos en templos y sitios sagrados.

La experiencia turística de lo ‘local’ y el descubrimiento de lo auténtico es una tendencia que crece, pero que al final se convierte en lo que no pretendía ser: un turismo de masas.