El Sahara es un engaño

Un guía lleva a un grupo de turistas por el desierto del Sahara. / JPCh

El Sahara es un engaño

El Sahara no es lo que parece: su composición es más de piedras que de arena. Hay muchos más colores de lo que la gente cree. Y de vez en cuando, cae alguna lluvia.

Juan Pedro Chuet Missé

Barcelona

18/06/2016 - 10:00h

El desierto del Sahara, como todos los desiertos, engañan como un trilero. Uno cree que el Sahara es pura duna, pero en realidad, el 75% son piedras, gravas y formaciones rocosas. Se piensa que todo es un tapiz amarillo, pero conforme van pasando las horas, pareciera que a Dios se le da por jugar con los filtros de Instagram, y las dunas van pasando del rojo del amanecer a un amarillo suave, para que al atardecer las tonalidades se conviertan en naranja y luego, si no es por alguna compasiva luna llena, todo es de un negro absoluto.

En el sureste de Marruecos, no muy lejos de la frontera con Argelia, reina la etnia bereber, a la que en realidad pertenece el 60% de la población de Marruecos. Aunque estén en las puertas del desierto, y parecieran aislados del mundo, todos hablan tres o cuatro lenguas (francés, árabe, bereber y unas buenas dosis de inglés, francés, castellano o italiano), son navegantes habituales de Internet, viven pegados al móvil –cuando hay señal– , y tienen un privilegiado oído musical que les permite entonar las canciones milenarias de su pueblo con ritmo candente.

Ellos se presentan como Imazighen, que en su lengua significa “hombres libres”, el sello de identidad de una cultura que durante milenios han transitado por los caminos abiertos de los desiertos a bordo de sus dromedarios, o simplemente a pie. Ni los cartagineses ni los romanos pudieron doblegarlos, y si se hicieron musulmanes, fue por la prédica del Corán y no por la fuerza de las armas de los árabes omeyas (a quienes también derrotaron en su momento). 

Sí, también llueve

Otro mito que cae: en el desierto llueve. No todos los días, pero muy cada tanto algún aguacero cae. En Merzouga, la polvorienta ciudad en las puertas del desierto, no sucedió cuando estuve de visita, “pero cuando pasa, se crean pequeñas lagunas y costras de tierra húmeda que tardan un buen tiempo en desaparecer”, dice mi guía Ahmed.

El hombre viste su tradicional galuba (túnica de azul oscuro) y su arsei (turbante) no para hacer el paripé con el turista, sino porque estas prendas livianas impiden las filtraciones solares. Pero a la que se pone el sol el termómetro cae a pique. Y hay que sacar esa ropa abrigada del bolso, desde la chaqueta a la sudadera, e incluso un proverbial gorro de lana, para enfrentar a una temperatura que puede bordear los cero grados. Por suerte, el guía tendrá preparada una fogata para calentar las manos y saborear un té con menta.

Vida en el desierto

El desierto no es tan desierto: hay vida. Obviamente, el hombre hace de las suyas y los guías de Merzouga preparan las jaimas (tiendas) con las mayores comodidades que se puedan disponer en el desierto. Así, Ahmed se muestra especialista en la cocina con un potente tayín de pollo con patatas, olivas y tomates, adobados a fuego lento en el cuenco de barro que bautiza el plato; y luego deja que el visitante se encuentre ante la inmensidad del desierto.

La otra vida, la natural, se descubre con sutilezas. Si se agudiza la vista, se pueden detectar verdaderas carreteras de huellas de animales, sobre todo de escarabajos, de pequeñas aves como el gorrión de desierto o el chotacabras egipcio, y del feneco, una especie de pequeño zorro de orejas grandes y patas cubiertas de pelos.

Parajes en peligro

Este ecosistema, que a simple vista parece sólido y contundente, es sumamente frágil. Y el turismo intensivo no lo está ayudando. Más concretamente, las excursiones en 4x4 y motos contribuyen a su degradación. Sucede que estos vehículos destrozan las finas capas de arena, que quedan flotando en el aire y que luego se esparcen por otras latitudes por los fuertes vientos del desierto. Según los científicos la producción de polvo en el norte africano ha subido un 1.000% en medio siglo, y esto perjudica a la delicada agricultura de los países saharianos, porque la arena en suspensión impide la formación de nubes, los campos no se riegan y se incrementa la sequía.