La medina de Tetuán: una aldea medieval en la urbe

La medina de Tetuán: una aldea medieval en la urbe

La ciudad antigua de Tetuán, cuna de los expulsados españoles durante la Reconquista, conserva el estilo de vida tradicional musulmán

David Placer

Tetuán

01/06/2014 - 22:56h

Mujeres de compras en la Medina de Tetuán.
Marruecos, montado sobre el tren de la modernidad, construye a grandes marchas las nuevas infraestructuras que reclama su población deseosa de una vida más moderna y con más comodidades. Los barrios residenciales, con pisos de protección oficial para los jóvenes y las nuevas familias, crecen en las afueras de Tetuán.

Sin importar la hora, en las rotondas siempre hay algún jardinero trabajando y regando los espacios que hacen olvidar la sequía del país. Las nuevas estructuras crecen con prisas: nueva estación de autobuses, nueva estación de trenes, carreteras en ampliación. El 5% anual de crecimiento no es un dato macroeconómico más. Se refleja en las calles, en las obras, en los trabajos de restauración, en los crecientes índices de universitarios.  
 
Las amas de casa acuden a los hornos a preparan el pan y les dejan parte de la masa como pago
 

Pero dentro de las murallas de la medina, la ciudad antigua de Tetuán, el tiempo lleva otro ritmo. Las calles estrechas se convierten en un mercado callejero al aire libre. Se supone que la actividad debe ser frenética, por escasea la mercancía y los mercaderes: es viernes y es momento de oración.

La visita de un grupo de españoles parece siempre una novedad, a pesar de que la medina está acostumbrada a recibir turistas. Las carnicerías huelen a carne. No son espacios asépticos donde no huele a nada y donde las piezas están bien colocadas, envueltas con papel de plástico, siempre atendidos los carniceros que manipulan la carne con guantes. Herederos de negocios familiares, en las vitrinas hay sangre de ternera, de vaca y de cordero que se convertirá en el jugo de la carne asada.


Niño en la Medina de Tetuán.
 
Encantados por la presencia de extranjeros, algunos comerciantes enseñan sus comercios. El horno de pan de una callejuela muestra abre sus puertas y el hijo adolescente del propietario explica cómo se hornea desde siempre, en un semisótano con olor a pan fresco. Allí también acuden las amas de casa con las amas preparadas en casa y que dejan parte del preparado como pago por los utilizar el horno.

Más adelante, huele a leche. Una mujer con una gran bolsa llena de botellas de Coca-Cola enjuaga los envases con agua para luego rellenarlos con leche fresca. La amabilidad ha acabado de repente. No quiere fotos. Ni a ella, que se tapa la cara y pide al grupo que se marche, ni a sus botellas de leche recién ordeñada y embotellada a mano.

Una brisa arrastra el olor de un puesto de especias. Hiervas, condimentos de todos los colores y sabores potenciadores. Hay frascos que mezclan más de 20 especias diferentes para las carnes o los pollos. Justo a su lado, los pollos comen cereales en el suelo, se mueven con cierta libertad. Es una pequeña granja y los bordes del local están alfombrados de forma irregular por las plumas caídas de las aves que se van alimentando hasta el día de su sacrificio. Pero el mercadillo también están llenos de productos de marcas españolas como Cola-Cao y hasta yogures de la marca blanca del supermercado DIA. 
 
Las casas pasan de padres a hijos y se llega a acuerdo para repartir las propiedades
 

Las mujeres que viven en la medina lavan las rejas de su casa con una escoba que mojan en un cubo con agua y jabón. También limpian la calle, que no es más que un concurrido rellano. La guía turística explica que las casas siempre pasan de padres a hijos y se llega a un acuerdo para repartir las propiedades en familia. Acudir a un juzgado es una deshonra en la que sólo caen las familias del resto de la ciudad, que van a abogados con la misma frecuencia que los occidentales.

Las tiendas destinadas a vender ropa típica bereber y a los turistas quieren explicar las tradiciones. La guía muestra el traje con el que se viste a los niños cuando acuden a su "fiesta de la circuncisión". También las vestimentas de las mujeres bereber, tan coloridas como los puestos de pintura en polvo de todos los colores que vende un tendero. Es para pintar las casas, explica en perfecto español su propietario que, como muchos habitantes de Tetuán, conservan la lengua de sus antepasados.


Zoco de venta en la medina.
 
La visita también incluye una parada en el hostal (riad) donde se grabó la serie de televisión El tiempo entre costuras, basada en la novela de María Dueñas. Exquisita en la decoración de la habitación de la protagonista y de los patios interiores, la terraza del inmueble ofrece una privilegiada vista sobre todos los tejados de la ciudad, llenos de ropa extendida, antenas de televisión y juguetes infantiles.

Llena de bajas casas blancas, fue una ciudad encumbrada por los expulsados por la Reconquista española. Musulmanes y judíos sefardíes convirtieron a Tetuán en un pueblo andaluz más, radiante por la luz reflejada en sus paredes. Desde la altura se entiende por qué, enclavada en las montañas, es conocida como la Paloma Blanca.