Lisboa y San Francisco: la misma ciudad en dos continentes

El Golden Gate es el orgullo de San Francisco. Foto: Joseph Barrientos | Unsplash.

Lisboa y San Francisco: la misma ciudad en dos continentes

A orillas del Atlántico una y del Pacífico la otra, caprichos de la geografía y el azar hermanan a esas estas dos ciudades del viejo y del nuevo mundo

Manena Munar

Madrid

01/05/2020 - 19:22h

Desde la lisboeta torre de Belem en la desembocadura del rió Tajo partían las carabelas a la conquista de lo desconocido. Por el emblemático estrecho del Golden Gate entraban los barcos cargados de sueños de aquellos que llegaban a San Francisco para hacerlos realidad.

Hermanadas por sus puentes, por sus empinadas calles, por sus tranvías y hasta por sus terremotos, Lisboa y San Francisco, ciudades marinas, bellas y abiertas han dado mucho que hablar. También que cantar ya que ambas son musas de hermosas canciones. Lisboa antigua y señorial la cantaba Amália Rodrigues y quién no se acuerda del San Francisco de Scott Mackenzie.

Casualidad o destino, Lisboa y San Francisco comparten puente y ubicación frente al mar, tranvías, calles empinadas y un espíritu abierto

[Para leer más: Pronto volveremos a las terrazas más bonitas de Lisboa]

Dos puentes y un horizonte

Una espesa niebla cubre casi por completo el puente colgante del Golden Gate. Sus torres férreas de color rojizo emergen orgullosas entre la bruma mientras que, al otro lado del mundo, su hermano gemelo, el 25 de Abril, brilla dorado por el sol y por esa luz tan especial que bautiza a Lisboa como la ‘Ciudad Blanca’.

Puente 25 de Abril. Foto Gemmmm Unsplash

Puente 25 de Abril. Foto: Gemmmm | Unsplash.

Ambos, puentes de suspensión, se construyeron con unas especificaciones de seguridad y resistencia importantes dada la actividad sísmica de sus enclaves. El Golden Gate se levantó en plena depresión, allá por el 1937, cumpliendo su tarea de unir el condado de Marín con San Francisco y así evitar el continuo ir y venir de los ferries acarreando coches para cruzar la bahía.

Más tardío, el 25 de Abril se construyó en 1966 durante el mandato de António de Oliveira Salazar, de quien tomó primero su nombre, hasta que en la revolución de los claveles se rebautizó con su actual denominación. Unió las dos orillas del río Tajo, dándole un curioso caché de modernidad y progreso que se disfruta hoy especialmente en desde el Pilar 7.

Ciudades de tamaño perfecto

Lisboa y San Francisco son urbes de apariencia tranquila, de población razonable. La portuguesa anda por el medio millón de habitantes, mientras que la estadounidense no llega al millón. Las dos se abren a un mundo variopinto que entra por sus aguas.

Lisboa tiene la sabiduría que dan los años. Y son muchos ya que, según cuenta la leyenda, la ciudad fue fundada por Ulises en uno de sus viajes.

Si decimos fado decimos barrio de Alfama. Foto: Liam Mckay | Unsplash.

Vistas del barrio de Alfama en Lisboa. Foto: Liam Mckay | Unsplash.

Sus piedras guardan el poso y las huellas de los que la hicieron posible. Cristianos, musulmanes, judíos y más reciente, los emigrantes que llegan de sus antiguas y perdidas colonias han hecho de Lisboa una ciudad que rezuma historia y que llora por lo que fue, un llanto dulce y decadente como sus calles, como su gente, que hace del saudade una forma de expresión que se materializa en el “fado – fatum”, canto fatalista de un destino que no se debe ni se puede cambiar, a pesar de haberse convertido últimamente en una ciudad vanguardista, una de las más trendy del mundo.

San Francisco, ‘Frisco’, siempre ha mirado hacia delante. Desde que Fray Junípero Serra desembarcase en la desconocida bahía de San Francisco, habitada por los indios nativos, y la cristianizase, por la ‘Puerta Dorada’ de su península han entrado piratas y buscadores de oro, los llamados ‘del 49’, cuando en el 1849 la locura del oro llegó a su cenit. También Asia cruzó el Golden Gate. Los asiáticos entraban en riadas para construir el ferrocarril, buscar oro, ofrecer su gastronomía...

San Francisco desde sus comienzos fue un punto y aparte en la historia americana. Una de las ciudades más vanguardistas, sino la más, del vasto país. Los años 50 trajeron a los beatniks, los 60 a los hippies, en los 70 el movimiento homosexual alcanzó una importancia considerable y en los 90 y 2000, el New Age y Silicon Valley ratificaron que esa pequeña ciudad de aire desenfadado se mueve con el ritmo de los tiempos e incluso se adelanta a ellos.

Tranvía en San Francisco. Foto Amogh Manjunath Unsplash

Tranvía en San Francisco. Foto: Amogh Manjunath | Unsplash.

Las empinadas calles de Lisboa y San Francisco

A Lisboa la coronan siete colinas, las mismas que se nombran en la fundación de San Francisco, pese a tener más de 40.

Las calles de ambas son una montaña rusa que sus tranvías recorren con la misma destreza de las cabras montesas. Los ‘Amarelos’ eléctricos suben y bajan por las empinadas calles de la capital portuguesa repletas de casas con azulejos.

El famoso 28 sube al Castillo de San Jorge, llega hasta el barrio alto de Alfama y baja de nuevo al centro de Lisboa recorriendo las calles que el Marqués de Pombal reconstruyó después del terrible terremoto que arrasó la ciudad el 1 de noviembre de 1755,  terminando con un incendio devorador. Algunos edificios reconstruidos guardan hoy deliciosos hoteles como el Chafariz d’El Rei.

Tranvía en Lisboa. Foto Martin Kallur Unsplash

Tranvía en Lisboa. Foto: Martin Kallur | Unsplash.

En San Francisco, un sonado seísmo en 1906 finalizó también en un incendio pavoroso que destruyó parte considerable de los edificios de la ciudad. Milagrosamente,  entre ellos  se salvaron el Hotel Majestic y algunas de las casas victorianas del siglo XIX o Painted Ladies que antes del terremoto predominaban en la ciudad. Apenas quedan hoy en un par de calles, testigos de una época cuya influencia arquitectónica fue de vital importancia para San Francisco.

Parece de juguete, pero no lo es. El ‘Cable Car’ entrañable y pintoresco sigue cumpliendo su labor y trepa por la calle de Powell y Mason, pasa la calle Lombard, famosa por sus curvas y jardines zigzagueantes de hortensias, hasta llegar al Fisherman Wharf, tal como lo programó Andrew Smith Hallidie en 1873 en la línea de Clay Street, después de ver un tranvía tirado por cinco caballos despeñarse en un día lluvioso por las trepidantes calles de la ciudad.

Al bajar, o saltar del tranvía tirado por cable, la vista es insuperable. El Pacífico se muestra esplendoroso y aunque la antaño penitenciaria de Alcatraz, hoy visitable,  ensombrece el panorama, la solera del Café Buena Vista y la suculencia de los cangrejos acompañados del delicioso amargor del pan sourdough albergando la crema de almejas clamshowder que se degusta en el colorido Pier 39, lleno de tiendas y atractivos restaurantes, vuelven a iluminar el día.

Lombard Street. Foto Braden Collum Unsplash

Lombard Street. Foto: Braden Collum | Unsplash.

A la orilla del mar

Lisboa también ha sabido reciclar su muelle y en las ‘Docas’ se pueden encontrar restaurantes para todos los gustos y a la orilla del agua, disfrutar un excelente bacalhau de una de las cientos de formas que Portugal trata a su pescado favorito.

Desde allí, paseando la ribera del Tajo hacia Belem, se observa la panorámica del 25 de Abril desde otro ángulo y del Cristo Rei. Cabe hacer un alto en el camino para probar los deliciosos pasteles de huevo de Belem y llegar al Monasterio de los Jerónimosy la Torre de Belem, fortaleza, prisión, torre vigía.

Después, merece la pena volver a Lisboa y subir en el ascensor de Santa Justa al barrio viejo para escuchar la música que Amália Rodrigues inmortalizó e imaginar a Fernando Pessoa escribiendo en el Café do Arcada do Marthino relatos sobre la ciudad que tanto amó. 

Torre de Belèm. Foto António Francisco Calado Pixabay

Torre de Belèm. Foto: António Francisco Calado | Pixabay.

Mientras tanto, quizás, en la victoriana calle Fillmore de San Francisco, alguien está cantando blues o improvisa una melodía con esa libertad que da el jazz para expresar lo que se quiere y como se quiere.