Río de Janeiro a todo color: una ruta en clave pantone

El color explota en estos rincones de Río, como en el mural Etnias, de Eduardo Kobra. Foto EFE.

Río de Janeiro a todo color: una ruta en clave pantone

Animados por el colorido que nos deja el Carnaval, descubrimos algunos de los rincones multicolor que todo el año adornan la 'Ciudad Maravillosa'

Ana María Pareja

Madrid

15/03/2020 - 18:30h

Río de Janeiro es una urbe marchosa, ecléctica, hedonista. Amante de la buena arquitectura –es Capital Mundial de lo Arquitectura 2020–, deportista innata, con atardeceres que dejan sin aliento, guardiana de sus tradiciones, pero abierta al futuro.

La segunda ciudad más poblada de Brasil tras Sao Paulo ostenta unas características geográficas envidiables –mar, montaña y selva–, que conjuga con la espontaneidad y la alegría de sus ciudadanos. Los mismos que han llenado de color, arte y diseño los rincones más insospechados de ese que llaman su hogar. Estos son algunos de ellos.

Para realizar el fantástico mural Etnias, Eduardo Kobra empleó 3.000 aerosoles, 700 litros de pintura de color y otros 1.800 de pintura blanca

[Para leer más: El arte latinoamericano más rebelde vive en estos museos]

Etnias, un gran mural callejero

3.000 metros cuadrados de superficie, 90 metros de largo y 15,5 metros de alto son las cifras que ostenta este mural callejero –uno de los más grandes del mundo–, creado por el artista brasileño Eduardo Kobra. Situado en el Bulevar Olímpico, en la zona del puerto, vistió de (más) color la ciudad para los Juegos Olímpicos de 2016.

Etnias, del artista urbano Eduardo Kobra. Foto EFE.

Etnias, del artista urbano Eduardo Kobra. Foto: EFE.

Inspirado en el mensaje de unión que transmiten los anillos olímpicos, Etnias está protagonizado por cinco rostros de indígenas procedentes de cada uno de los cinco continentes; así el huli (Oceanía), el mursi (África), el kayin (Asia), el supi (Europa) y el tapajós (América) se convirtieron en protagonistas de esta colosal pintura.

Para lograr esta maravilla, Kobra y su equipo usaron 3.000 latas de aerosol, 700 litros de pintura de color y 1.800 litros de pintura blanca para el fondo. Se enfrentaron a una maratón de 12 horas de trabajo diario durante dos meses, además de una exhaustiva investigación previa de casi tres meses, acerca de los pueblos nativos de todo el mundo.

Graffitis y un antiguo tranvía

El arte urbano se ha tomado muchas calles del mundo, adornando paredes, puertas y diversos escenarios con graffitis que cuentan historias a golpe de color; el emblemático e histórico barrio de Santa Teresa es uno de esos lugares.

Este particular rincón de la ciudad, encaramado en una colina y de espíritu bohemio, se ha convertido en un sitio de encuentro de artistas de todo tipo, que buscan devolver al barrio su esplendor; en él los graffitis y los murales han empezado a adornar sus calles.

Bondinho de Santa Teresa. Foto Getty Images

Bondinho de Santa Teresa. Foto: Getty Images.

Una forma auténtica de conocer el arte y el color que plaga este barrio carioca es a bordo del tranvía o Bondinho de Santa Teresa, cuyos vagones amarillos circulan, orgullosos y renovados, desde el centro de la ciudad.

Una escalera de azulejos

Hace 30 años el artista chileno Jorge Selarón –afincado en Río de Janeiro desde 1983– decidió darle una nueva cara a la escalera que había fuera de su casa, en el barrio de Lapa. Comenzó a revestirla de azulejos amarillos, verdes y azules, emulando los colores de la bandera del país que con tanto cariño lo había acogido.

Más de 2.000 azulejos venidos de todo el mundo llena de color esta escalinata del barrio de Lapa 

Pero pronto los vecinos comenzaron a apoyarlo en su cometido, donando azulejos de todo los tamaños, colores y formas. Lo que empezó como un proyecto casual terminó convirtiéndose en una obra sin precedentes y en uno de los emblemas de la Ciudad Maravillosa.

La transformación de estos 215 escalones, situados entre las calles Joaquim Silva, en Lapa, y Pinto Martins, en el barrio de Santa Teresa, se hizo tan famosa que gentes de todas partes del globo comenzaron a hacerle llegar a Selarón azulejos representativos de sus lugares de origen. Hoy, este emblemático spot (perfecto para Instagram) está decorado con más de 2.000 piezas provenientes de sesenta países del mundo.

Escaleras de Jorge Selaron. Foto Getty Images

Escaleras de Jorge Selaron. Foto: Getty Images.

Aunque, tristemente, fue su gran obra la que vio morir a Selarón; encontrado muerto en las escaleras en 2013. El artista chileno había expresado que ésta era una “obra viva y mutante”; a ella dedicó más de 20 años, en los que cambiaba constantemente los azulejos para darle una nueva vida al lugar.

[Para leer más: Bushwick, el paraíso del arte urbano en Nueva York está en Brooklyn]

Carnaval de color en Laranjeiras

Todos los sábados el barrio de Laranjeiras, en el sur de Río, deja ver su cara más tradicional. Frutas tropicales, verduras y flores, todas de colores brillantes, llenan los puestos de la conocida como feria de la Plaza General Glicério.

Además del despliegue de color y sabor, hay otros puestos que venden artesanías y curiosos objetos de decoración. Alternados con otros en los que se puede degustar agua de coco, caipirinhas y diversos petiscos (aperitivos) como pasteles y empanadas.

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Mientras que el color inunda los puestos, la música endulza los oídos. Cada semana el entretenimiento está a cargo del grupo Pixin Bodega, animando las mañanas y las tardes con choro, la música popular e instrumental brasileña. Música, caipirinhas, frutas tropicales y mucha alegría, ¿qué más puede pedírsele a un sábado?

Una puesta de sol a todo color

La naturaleza también suele regalarnos una gama infinita de tonalidades y en la ciudad carioca el pantone es brillante y llamativo, empezando por sus impresionantes montañas cubiertas de un verde intenso, siguiendo con las diversas tonalidades de azul, turquesa y aguamarina de uno de los mares más bellos del continente, que contrasta a la perfección con el dorado de esa arena fina de sus playas, y terminando con unos atardeceres de postal.

La cima de Pedra do Arpoador –situada entre el fuerte de Copacabana y la playa de Ipanema– se perfila como uno de los mejores lugares para apreciar las imponentes puestas de sol que, normalmente, tiñen el cielo de Río de naranjas, rojos y rosas majestuosos.

Puesta de sol desde Arpoador. Foto GettyImages

Puesta de sol desde Arpoador. Foto: Getty Images.

A eso de las 7 de la tarde, cariocas y turistas comienzan a coger sitio, muchos llevan sus sillas como si quisieran tener su propia tribuna, y los vendedores ambulantes hacen su aparición con neveras repletas de cerveza fría y caipirinha, cómo no. Cuando el sol desaparece por completo, todos los asistentes rompen en un gran aplauso; la maravilla de la naturaleza lo merece.

Caipirinha arcoíris

En 1985 se inauguró en el barrio de Leblón Academia de Cachaça, un restaurante-bar en el que la feijoada (plato típico de la ciudad a base de judías negras y carne de cerdo y de buey) y la caipirinha son los protagonistas.

El menú de esta institución carioca ostenta más de 100 referencias diferentes de cachaza (un destilado de la caña de azúcar) y, en su segunda sede en Barra de Tijuca, alberga –en un museo conocido como Canto de Jeritiba– una colección con más de dos mil cachazas producidas en Brasil desde 1870. 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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La cachaza puede ser degustada en limpio, con miel y limón o en forma de caipirinha, en este último caso con un original arcoíris en forma de frutas tropicales. El maracuyá, la piña, la cereza o la fresa suelen reemplazar a la tradicional lima, llenando de color este emblemático cóctel.

Una muestra más de que Río de Janeiro es multicolor, pero sobretodo una explosión de alegría, hospitalidad y buen rollo.