Sicilia, diamantes en la basura

Piazza Duomo Catania. Foto Lourdes Girona.

Sicilia, diamantes en la basura

Sicilia es una joya, un lujo escondido entre leyendas fundadas e infundadas, a medio camino entre el desconocimiento y las referencias contradictorias

Juan García

Barcelona

11/05/2018 - 15:10h

Sinceramente, tras una experiencia algo traumática en Nápoles (¿cómo es posible tal grado de deterioro en buena parte de sus barrios en una de las grandes ciudades europeas?), me costaba mucho planificar una nueva visita al sur de Italia.

Sin embargo, Sicilia estaba ahí, una absoluta desconocida y con referencias muy contradictorias de amigos y viajeros que habían escrito sobre la isla, y la tentación de coger un Vueling y plantarme en un par de horas en una de sus dos capitales se fue haciendo cada vez más insistente.

Dicho y hecho. Saqué un billete Barcelona-Catania, reservé algo menos de una semana para recorrerla y me aseguré la vuelta con un Palermo-Barcelona cinco días después.

Para paladear la isla palmo a palmo -y merece la pena hacerlo- es imprescindible alquilar un coche

Una joya escondida

La sensación, al acabar la vista, cuando el avión de vuelta despegaba del aeropuerto Punta Raisi o como oficialmente debe conocérsele: aeropuerto Falcone-Borsellino, fue de nostalgia, de pérdida, aunque transitoria, espero, de un bien.

Sicilia es una joya, un lujo escondido en media de leyendas fundadas o infundadas que la vinculan a organizaciones tan siniestras como las mafias. Pero vayamos por partes.

Catania. Foto Pixabay.
Catania bajo la atenta mirada del Etna. Foto Pixabay.

La isla hay que paladearla palmo a palmo y para ello resulta imprescindible alquilar un coche. Si no es así, es imposible descubrir sus múltiples contradicciones: captar la belleza imponente de su barroco, sus restos bizantinos y apenas unos pasos más allá el caos y la suciedad que debieran ser impropias en una ciudad europea del siglo XXI.

Huellas de glorias pasadas

Sicilia suena, en palabras de Luisgé Martín, a reverberaciones de un tiempo de gloria que hace tiempo que acabó. Y todo ello bajo la vigilancia del Etna, ese volcán de 3.250 metros, aún activo, testigo algo desengañado ya del porvenir de sus dominios.

La puerta de entrada elegida es Catania. El vuelo de Vueling despega puntualmente de Barcelona a las 11,45 horas y a las 13,50 ya pisaba tierra italiana para dirigirme a la principal ciudad del este.

La grandiosidad del barroco refulge en la plaza del Duomo de Catania

Los primeros pasos nos traen a la memoria las peores imágenes que recordábamos de Nápoles: fachadas ennegrecidas por la mugre, un tráfico desordenado y agresivo, edificios desconchados y destartalados, contenedores abiertos como bocas insaciables de suciedad…

Pero tras un breve callejeo, la entrada en la plaza del Duomo me descubre un mundo inimaginable unos minutos antes.

Las casas señoriales que la circundan están razonablemente limpias y la grandiosidad que aquí adquirió el barroco comienza a apreciarse en toda su belleza: la propia catedral; la fuente del Elefante, en el centro, en recuerdo dicen de los elefantes enanos que llegaron a poblar la isla, o la Fontana dell’Amenano, ambiciosa en sus proporciones y propuesta artística, de la que emana un agua limpia y relajante.

De Catania a Taormina

De Catania a Taormina, al norte,  hay unos 50 kilómetros, unidos por una autopista correcta. El disco duro de nuestra memoria debe guardar adecuadamente el tesoro barroco apenas descubierto en Catania y abrir un nuevo archivo para la costa mediterránea que delimita la isla.

Taormina. Foto Luca N | Unsplash.
Taormina. Foto Luca N | Unsplash.

El teatro griego del siglo III a.C. justifica, por sí mismo, una visita a Taormina

La aproximación a esta población nos distrae con montañas pobladas de casas que se despeñan sobre un mar tranquilo, el Jónico, que así es como se llama en este parte el mar que une Europa con África y Asia.

En su casco histórico, destaca el Corso Umberto I, una calle donde sobresalen palacetes y casonas de aire renacentista, esforzados sobrevivientes entre riadas de turistas y huéspedes hoy de heladerías, tiendas de souvenirs, restaurantes de oferta imaginable, etc. Nada nuevo que no podamos ver en otras muchas ciudades costeras en la actualidad.

Pero el desplazamiento a Taormina no lo justifican esas calles y su oferta oportunista sino el teatro griego del siglo III a.C. que le da fama. Dicen que es el teatro mejor situado del mundo.

Suspendido entre el cielo y el mar, desespera por la belleza de sus atardeceres. Pero, ojo, no pierda de vista el horario de apertura. Cierran pronto, se ponga el sol a la hora que se ponga, si no hay algún espectáculo.

Junto al teatro, otro monumento, aunque de otro calibre. Nuestra primera recomendación para un descanso en la isla: el Gran Hotel Timeo. Y si no quiere quedarse una o varias noches en este lujoso establecimiento, no pierda al menos la oportunidad de tomarse un Aperol o algo parecido en su terraza frente al mar. Impresionante, sin más.

Taormina. Foto Guy Rey Bellet | Pixabay.
Taormina. Foto Guy Rey Bellet | Pixabay.

Siracusa y Ortigia

Vuelvo sobre mis pasos, algo más reconfortado tras la entrada inicial en Catania, y llego a Siracusa, en el sur. Y más que Siracusa me interesa Ortigia, la península o isla, que la prolonga. Por decirlo rápido, y más si llega de noche, lo que le espera es espectacular.

Dicen de Ortigia que en el 400 a.C. era la ciudad más rica del mundo y que aquí nació Arquímedes. El casco histórico está siempre perfectamente iluminado. De día y de noche refulgen los variados tonos ocre de sus fachadas, la belleza ininterrumpida de su amplia Piazza del Duomo, una obra maestra del urbanismo barroco. En la plaza, la catedral de Siracusa, con su portada rococó y un clásico y sobrio interior que se sostiene, al parecer, sobre las sólidas columnas dóricas del antiguo templo de Atenea.

Dicen de Ortigia que en el 400 a.C. era la ciudad más rica del mundo y que aquí nació Arquímedes

Si les pilla la noche, el Royal Maniace Hotel es una magnífica opción. Junto al mar, perfectamente rehabilitado y con un buen servicio, ofrece una excelente relación calidad precio, aunque el desayuno sea regular.

El pueblo está lleno de restaurantes donde probar excelentes sardinas o cualquier otro pescado. Otra opción es el Cortile di Bacco, con una muy agradable terraza en el callejón que compensa su minimalista interior.

Si les caen bien a sus camareros quizás les hagan de motu propio una pequeña rebaja en la cuenta que les presenten y además les obsequien con un limoncello.

Val di Noto

Aún impresionado por la vista de este conjunto arquitectónico perfecta y respetuosamente rehabilitado, salgo corriendo a seguir devorando barroco siciliano. Quiero más.

Modica, Sicilia. Foto Lourdes Girona.
Modica, Sicilia. Foto Lourdes Girona.

Mi destino ahora es el Val di Noto en el interior donde se concentran un conjunto de ciudades declaradas patrimonio de la Humanidad: la propia Noto, Modica, Caltagirone, Ragusa… Belleza a granel en sus iglesias, palacetes, escalinatas y plazas.

Para los mitómanos, quizás les compense desviarse un poco y bajar a Punta Secca. El pueblecito no tiene nada especial, salvo… que es el escenario donde se ubica la casa del comisario Montalbano, el policía de ficción de Andrea Camilleri.

Punta Secca es Vigata en la serie televisiva y la famosa terraza donde descansa el exitoso personaje está tal cual, e incluso puede alquilar allí una habitación, pues si no hay rodaje es un bed&breakfast. También puede, si lo desea, emularle nadando en la playa que la acoge.

Si prefieren algo con más calidad y cerca, en Donnalucata, pueden dormir en el Zafran Boutique Hotel, aunque el diseño quizás les dé algún susto en la bañera. Junto al hotel hay un restaurante con un buen pescado, el Mezzaparola. Recomendable.

El Valle de los Templos

El recorrido que nos hemos trazado nos impone cambiar de valle. Nuestra próxima estación es Agrigento, centro neurálgico del Valle de los Templos.

Valle de los Templos. Foto Lourdes Girona.Valle de los Templos. Foto Lourdes Girona.

Llegar allí me obliga a pasar por Gela, una ciudad mediana, perfecta representante del caos y la dejadez urbana que define muchas ciudades del sur de Italia.

Un lugar donde no debe existir un departamento de urbanismo. No ya un departamento, sino apenas alguien que ordene sus calles y lo que hay en ellas, que le dé algún mínimo sentido cívico.

La ciudad de Gela pone la nota negativa en esta parte del viaje a Sicilia

Los carriles son imaginarios, pues ninguna pintura les define. Por tanto, no se sabe nunca cuantos  carriles hay en cada calle ni si uno va conduciendo por el que a priori le tocaría. La pavimentación es deficiente, cuando hay algo que pueda llamarse así. En otros casos, simplemente no existe. No hay atisbo alguno de coherencia en fachadas, en muchos casos incalificables.

Si no hay departamento de urbanismo, les aseguro que tampoco debe haber de limpieza. La suciedad impera por todas partes. Los contenedores están despanzurrados, abiertos y con numerosas bolsas de basura por los suelos. Quiero ser optimista y pensar que debían llevar bastantes días en huelga los servicios de limpieza. Y aún así.

Próxima parada: Cefalú

A unos kilómetros de esa inmundicia, de nuevo un diamante a descubrir: el recinto arqueológico conocido como el Valle de los Templos, una docena de templos griegos, luego restaurados y reconvertidos por los romanos. Dicen que son los templos dóricos mejor conservados del mundo fuera de Grecia. Impresionantes los de Dioscuri, Hércules y la Concordia.

Siguiente parada: Cefalú. Si ustedes no son cinéfilos yo sí, y no me hubiera permitido pasar de largo sobre la calita donde se rodó Cinema Paradiso.

Cefalú es un bonito pueblo costero son restaurantes de calidad regular colgados sobre los rompeolas que separan las casas del mar. En la catedral, de un depurado estilo barroco bizantino, sobresale un magnífico Pantocrator.

Cefalú. Foto Nicola Giordano | Pixabay.
Cefalú. Foto Nicola Giordano | Pixabay.

Palermo, entre el amor y el odio

Y, finalmente, la capital siciliana. Palermo compendia esa mezcla difícilmente asumible de suciedad y belleza.

En Palermo, la belleza de lugares como la Real Capilla Palatina, en el Palacio de los Normandos, convive con la suciedad y el abandono de algunas de sus calles

Por un lado, calles oscuras, dejadas de la mano de Dios y de algún poder público que se tenga por algo parecido; en algún caso sin aceras; de fachadas desconchadas y pintarrajeadas; comercios con el cierre a medio abrir, o a medio cerrar, donde se vislumbran orondos inquilinos medio tumbados en sintonía, no sé si a la venta o simplemente a la fresca; jóvenes, a veces en grupos de dos o de a tres, en motos haciendo algo parecido a un rally por la calles en una actitud que, como poco, incomoda.

Por otro, el esplendor y la preciosidad de lugares como la Real Capilla Palatina en el Palacio de los Normandos, donde convive con las cortes regionales. En este punto, uno podría pasarse horas y horas contemplando sus mosaicos y artesonados. No había visto nada así.

En esta zona de la dualidad, Palermo ofrece una espléndida catedral a la que se accede a través de una magnífica explanada de césped, y les recomiendo que dediquen un tiempo a disfrutar la plaza de los Quattro Canti o la de la Fontana Pretoria, o el impresionante Teatro Massimo, uno de los más grandes de Europa.

Si quieren algo menos de piedra -y más actual-, sumérjanse en la Via Alessandro Paternostro o en la Bara All’Ollivella y mézclense con los corros de jóvenes y no tanto que se divierten con una copa de vino en la mano o sentados en algunos de los modernos y coquetos restaurantes que inundan la zona.

Antica Focacceria San Francesco. Foto Lourdes Girona.
Antica Focacceria San Francesco. Foto Lourdes Girona.

Por la mañana, si quieren recuperar ese Palermo sucio, vociferante y caótico, no dejen de visitar el Mercato Ballaró, un icono para los defensores del feísmo, aunque, eso sí, muy popular.

En el balance final, Palermo se queda grabado en la memoria. Es una espléndida ciudad. Si me hacen caso, les sugiero para hacer noche el Grand Hotel Piazza Borsa.

La oferta gastronómica es amplia, claro. Yo apostaría por la Osteria Ballaró, un valor seguro, con una buena bodega y un magnífico servicio.

No fallarán si piden, por ejemplo, un milhojas de berenjena y unos spaghettis con camarones y almejas (¡estamos en Italia!), de postre un pastel de pistachos. O algo más popular puede ser la Antica Focacceria San Francesco, con una buena selección de quesos.

Notable alto para Sicilia. Y obtendría una nota aún más alta si no emborronara sus activos con esos pecados que genera la presencia de la mafia, de la corrupción, de la historia o de vaya usted a saber, que sobre política siciliana doctores tiene la Iglesia.

A pesar de todo ello, Sicilia es imprescindible. Y a unas cómodas 2 horas de Vueling desde Barcelona. Usted mismo.