¿A quién hay que imitar para convertirse en una ciudad inteligente?

En Ámsterdam conviven peatones, bicicletas, tranvías y coches.

¿A quién hay que imitar para convertirse en una ciudad inteligente?

Los jardines verticales de Nueva York, la gestión de la movilidad de Ámsterdam y la participación de Boston, ejemplos a seguir para las smart cities

Carles Huguet

BARCELONA

23/11/2016 - 08:00h

"La mayoría de gente se cree que el concepto de Smart City todavía va de instalar sensores y llenar de tecnología una ciudad". La aseveración es de Josep Ramon Ferrer, director de la consultora Doxa y hasta ahora ligado a los proyectos de ciudad inteligente existentes en Barcelona. "El concepto de Smart City llega de la mano de una visión holística, global, de una región", compara. Y es que como sostiene Juan Antonio López, de la firma Auren, "sólo las ciudades felices pueden hacer felices a los turistas".

Analizar la promoción y la gestión de un destino ya no pueden ser dos actividades que se realicen en despachos diferentes, de espaldas una a la otra. Hoy en día todo está relacionado, del transporte al medio ambiente. Las tecnologías de la información lo han cambiado todo, sostienen los expertos.

Así, el big data se torna en una herramienta fundamental para analizar los problemas de cada región. Un ejemplo: "en Barcelona la densidad de población es de unas 16.000 personas por kilómetro cuadrado, pues en los aledaños de la Sagrada Familia durante ciertas épocas del año la cifra alcanza las 35.000 personas", ilustra Oriol Mirabell, presidente de la Federación Internacional de Tecnologias de la Información y Turismo en España. Además, según desvela un estudio de la Universitat Oberta de Catalunya, el 80% de los turistas ni entran en el templo.

Barcelona fue un Smart City pionera con el 010

En este sentido ya se empieza a aplicar medidas, como la limitación del número de visitantes diarios. "Hay que trabajar de la mano de los turoperadores y hacer saber a los viajeros lo que se van a encontrar si quieren visitar la catedral en las horas puntas de agosto", advierte Ferrer. Poco de tecnología y mucho de sentido común, un concepto que surge de forma recurrente al hablar de Smart City.

"Barcelona fue de las primeras ciudades en aplicar políticas de ciudad inteligente como el lanzamiento del número telefónico 010 para que los habitantes pudieran preguntar cualquier cosa al Ayuntamiento en los tiempos en los que no había internet", recuerda Mirabell. Una llamada que se integró al día a día de los barceloneses y que se exportó a numerosas urbes del planeta.

Si bien continua en cabeza, hay muchas iniciativas alrededor del globo que la capital catalana puede exportar en su camino hacia devenir una ciudad inteligente. Los expertos citan varias: los barrios y distritos ecológicos de San Francisco, que prácticamente logran abastecerse solos; los huertos urbanos y los jardines verticales de Nueva York, que ayudan a rebajar la temperatura y mejorar la calidad del aire; y las posibilidades de participación de Boston.

Estados Unidos lleva el liderazgo, pero en Europa destacan las políticas de accesibilidad que tiene una ciudad como Estocolmo, donde todas las infraestructuras están adaptadas para personas discapacitadas; el diseño de la movilidad de Ámsterdam, en la que conviven con normalidad coches, tranvías, viandantes y ciclistas; y la sostenibilidad desde el punto de vista de emisiones de Copenhague.

La capital catalana funciona sin un proyecto común entre empresa privada y Administración

"Pero es que en Barcelona también somos muy buenos a la hora de construir ciudades agradables", presume Ferrer. Así son varias las ciudades que se miran en el espejo de la capital mediterránea a la hora de elaborar su propia Smart City. "Y no hace falta ser una gran urbe, destinos como Cambrils (30.000 personas) también trabajan en su propio plan", compara el consultor.

Sin embargo, la principal zancadilla a las buenas intenciones no llega por factores externos. El gigante catalán funciona como un reino de taifas, con muchas iniciativas particulares pero sin un proyecto común entre Ayuntamiento, Generalitat y el sector privado. Así, la eficacia baja y el camino se recorre de manera mucho más lenta.