The Arc: así es el edificio que se propone salvar la memoria del mundo

The Arc mostrará los fondos del Banco Mundial de Semillas. Foto: Snøhetta.

The Arc: así es el edificio que se propone salvar la memoria del mundo

Diseñado por el estudio noruego Snøhetta, incluye el mayor almacén de semillas del planeta y un archivo para la memoria mundial

Mar Nuevo

Madrid

06/11/2019 - 17:29h

En Svalbard, 78 grados al norte del ecuador de la tierra, nunca se superan los 5º de temperatura. Ni siquiera durante sus tres meses de verano, donde apenas se sube de 0º. Solo tres de sus islas están habitadas, con poco más de 2.500 habitantes. Y, sin embargo, el archipiélago de los confines de Noruega tiene una misión determinante: la de ser el archivo del mundo.

Para ello el estudio con base en Oslo Snøhetta ha diseñado The Arc, un centro de visitantes destinado a dar a conocer el contenido del Archivo Mundial del Ártico -que preserva el patrimonio digital del planeta- y del Banco Mundial de Semillas de Svalbard, un gigantesco almacén que salvaguarda la biodiversidad de especies de cultivo.

El nuevo edificio mostrará el patrimonio del Banco Mundial de Semillas de Svalbard, donde se conservan semillas de los principales cultivos de más de 100 países

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Al norte del mundo

Puede que los vikingos, en el siglo XII, descubriesen este archipiélago remoto en pleno océano Glaciar Ártico, hoy el punto más septentrional de Noruega.

Base de buques balleneros en los siglos XVII y XVIII y centro de operaciones de muchas expediciones árticas después, hoy es más conocido, sin embargo, por albergar el Banco de Semillas, una suerte de arca de Noé vegetal donde se conservan semillas de los principales cultivos de más de 100 países.

The Arc. Foto: Snøhetta
The Arc mostrará los fondos del Banco Mundial de Semillas. Foto: Snøhetta.

Cuando se inaugure -presiblemente en 2022- el nuevo edificio, bautizado como The Arc y resultado de una colaboración de esta institución con el Museo Noruego de Historia Natural, se erigirá como una isla de conocimiento que busca inspirar soluciones innovadoras de preservación de los recursos alimentarios y digitales en medio de un paisaje geológico excepcional.

Además, y según detalla el estudio de arquitectura, “enfatiza el valor de la estabilidad climática y política única que se encuentra más allá del Círculo Polar Ártico”, y sirve como un “recordatorio de cómo debemos cuidar los recursos del mundo para las futuras generaciones”.

Mientras uno de los edificios es racional y estoico el otro, sin escala humana, parece de otro mundo, un gigantesco monolito blanco que parece erosionado por las fuerzas de la naturaleza

La bóveda del fin del mundo

El proyecto está integrado por dos volúmenes independientes: por un lado, una construcción rectangular revestida de madera y vidrio que aloja el acceso, las taquillas y la cafetería, así como las instalaciones del Archivo Mundial del Ártico y salas técnicas.

The Arc centro de visitantes. Foto: Snohetta.
The Arc centro de visitantes. Foto: Snøhetta.

En contraste, un monolito de color blanco, que parece erosionado por las condiciones climáticas extremas del sitio, está destinado a albergar las exposiciones y mostrar a los visitantes lo que está almacenado en el Archivo y la conocida como la ‘bóveda del fin del mundo’.

El centro de visitantes estárá suspendido sobre el suelo -descansa sobre pilares- para evitar el calentamiento del permafrost, la capa de suelo que permanece siempre congelada. Será revestido con madera quemada y paneles de vidrio oscuro, mientras que los interiores consitirá en elementos de madera expuestos. El techo, por su parte, está diseñado para alojar paneles solares que recojan la energía del sol.

La entrada al edificio se producirá a través de un puente de cristal que permite al visitante fundirse con el paisaje y, a la vez, tener la sensación de que se introduce en una cueva natural

Junto a él, el otro edificio genera un notable contraste tanto en forma como textura y color. Si el primero es “racional y estoico” como sugiere el estudio, este ostenta una forma atemporal y sin escala “que es familiar y de otro mundo al mismo tiempo”.

Como un enorme monolito, su superficie exterior parece responder a la erosión de las condiciones climáticas extremas del lugar, pero también a la estratificación que se produce bajo la tierra.

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Visitantes

La entrada al edificio de exposición se realiza a través de un puente de cristal, que se funde con el paisaje y que permite observar las imponentes formaciones geológicas de los alrededores y el exterior del edificio de exposición y permite que el acceso reproduzca la experiencia de entrada a una bóveda real bajo el suelo helado.

The Arc exposiciones. Foto: Snohetta.
The Arc cogerá todo tipo de exposiciones de sus fondos digitales. Foto: Snøhetta.

Dentro de la dramática bóveda, a una temperatura constante de 4º, se alojarán exposiciones permanentes y temporales que den cuenta del archivo digital del centro a través de pantallas táctiles, proyecciones y experiencias de realidad virtual, que se desarrollarán en colaboración con la empresa Tellart.

Además, desde los pisos superiores se podrá obtener una panorámica de todo lo que se guarda tanto en el Archivo Mundial del Ártico como en el Banco Mundial de Semillas, y que abarca desde una colección de arte de Edvard Munch a los manuscritos de 1.500 años de antigüedad del Vaticano, pasando por películas del futbolista brasileño Pelé.

Y, por supuesto, la colección de semillas más grande del mundo.

Icono contral el cambio climático

En el espacio central, un auditorio podrá utilizarse para proyecciones, conferencias, charlas y todo tipo de eventos, organizado en torno a un gran árbol que representa la vegetación que a lo largo de los siglos se dio en Svalbard -donde se han encontrado fósiles de hojas de árboles que datan de cientos de millones de años-.

The Arc. Foto: Snohetta.
El centro de visitantes no se asienta en el suelo para no dañar la capa helada que se forma naturalmente. Foto: Snøhetta.

Olmos, abedules, tilos o castaños crecieron en Svalbard hace 56 millones de años cuando la temperatura era entre 5 y 8º más alta. Ahora, y al ritmo actual de emisones de carbono, no es descabellado pensar que este tipo de árboles podrían crecer de nuevo, quizás en 150 años.

El árbol se convierte así en un símbolo del pasado pero también en una potente llamada a la acción, en un icono para alertar contra el calentamiento global y la necesidad de conservar el Ártico y, en general, toda la naturaleza, para las generaciones futuras.