Viaje por la cara menos conocida de Malta

La torre de Senglea, uno de los rincones que hay que conocer de Malta. Foto: Giusepe Milo-Flickr.

Viaje por la cara menos conocida de Malta

Un recorrido por los pueblos malteses, para descubrir la historia, los paisajes y la gastronomía en los rincones menos visitados de la isla

Juan Pedro Chuet-Missé

Barcelona

16/11/2019 - 18:30h

Mientras que en España todo el mundo busca su ropa más abrigada ante un invierno que se asoma anticipadamente, en Malta están disfrutando de días de sol con más de 20 grados. Aunque en esta época no es viable sumergirse en sus aguas azules, sí es una época recomendada para conocer otra cara, fuera de los circuitos turísticos más tradicionales.

La Valetta, Mdina y la vecina Rabat son sus mecas más famosas. Tienen con qué: en un par de horas caminando se ven fastuosos palacios, iglesias y otros edificios históricos que revelan por qué tantas civilizaciones se disputaron a Malta durante los últimos 20 siglos.

Historia de fortificaciones y resistencias

En 1565, cuando los Caballeros de la Orden de San Juan fortificaron la isla para frenar a la amenaza otomana, quedaron diversos fuertes que, en la actualidad, se levantan como colosos frente al mar.

En un extremo de las fortificaciones de Senglea una torre con un ojo y una oreja recuerda que la ciudad sigue vigilando que nadie vuelva a invadir a Malta

Ahora las únicas invasiones son la de los turistas en verano. Sin el agobio de esos meses, desde La Valetta se recomienda visitar los bonitos jardines de Upper Barrakka, donde sus cañones todavía vigilan el estrecho paso de agua con el tridente de las ciudades de Rinella, Vittoriosa y Senglea del otro lado.

Vistas de Senglea desde los miradores de La Valetta. Foto: Joe Drew-Flickr.
Vistas de Senglea desde los miradores de La Valetta. Foto: Joe Drew-Flickr.

El espíritu maltés

Esta última localidad es uno de los puntos que se pueden visitar para conocer más de cerca el espíritu del maltés; orgullosos de su identidad mediterránea, con una lengua relacionada con el árabe, y bilingües con un inglés de acento italiano, los residentes viven en pueblos que parecen rincones de Sicilia. O de Túnez.

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Senglea es uno de los sitios malteses merecedores de la distinción EDEN (Destinos Europeos de Excelencia), que se otorgan a proyectos turísticos que rescatan sus valores de patrimonio y cultura. Otros lugares en esta isla son Qrendi y Mellieħa. Y allí fuimos a descubrirlos.

Fuerte San Miguel, en Senglea. Foto: Reuben Farrugia-Pixabay
Fuerte San Miguel, en Senglea. Foto: Reuben Farrugia-Pixabay.

La ciudad que sigue vigilando

Es imposible perderse en Senglea, no solo por su pequeño tamaño, sino porque a diferencia de la vecina Vittoriosa, está diseñada en una perfecta cuadrícula. Pero hay que estar preparado para subir y bajar sus cuestas y escaleras.

El atalaya que está en un extremo presenta las mejores vistas del puerto de La Valetta, donde hay una torre de vigilancia con un ojo y una oreja esculpidas; para recordar que este pueblo todavía está atento a que nadie toque a su isla.

Un paseo por Vittoriosa y Senglea puede terminar con una comida marítima o una copa en el paseo marítimo de esta última ciudad

En el relajado paseo marítimo se pueden probar platos de la tradición marítima del país, como el restaurante Il-Hnejja, donde hay que consultar por el pescado del día o probar platos como el pulpo rebozado con migas de pan.

Gran parte de la ciudad fue destruida en los bombardeos de la Segunda Guerra, pero las casas fueron reconstruidas y ahora muchas están reconvertidas en segundas residencias o en coquetos hoteles boutique.

La cruz de Malta en una puerta de Senglea. Foto: JP Chuet-Missé.
La cruz de Malta en una puerta de Senglea. Foto: JP Chuet-Missé.

Templos más antiguos que las pirámides de Egipto

En Malta hay presencia humana desde hace más de 5.000 años. Allí se encuentran algunas de las estructuras de piedras más antiguas del mundo, como los templos neolíticos de Ħaġar Qim y Mnajdra, el primero construido unos 3.500 a.C. y el segundo mil años después.

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Es un placer escuchar a David Schembri, el alcalde del vecino pueblo de Qrendi, describir cómo los antiguos habitantes levantaron los bloques de hasta 20 toneladas y con las rocas dispuestas para que el sol entre por ciertos puntos en los solsticios y equinoccios.

El centro de interpretación da pistas sobre esta civilización desaparecida, así como de las figuras de mujeres obesas y otros símbolos que se encontraron en el yacimiento.

Estos templos se encuentran en un paraje con una torre de defensa medieval donde siglos atrás los habitantes de Qrendi se turnaban para vigilar que no haya turcos merodeando.

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El sol se cuela en el templo neolítico de Ħaġar Qim. Foto: JP Chuet-Missé.

La Gruta Azul

El paisaje es impactante, sobre todo al atardecer, pero más fascinante la formación natural que se encuentra cerca del embarcadero de Wied iż-Żurrieq: la famosa Gruta Azul.

En la Gruta Azul el agua adquiere un color tan intenso que parece un filtro de Instagram demasiado saturado

Esta es una de las siete cuevas de la zona esculpidas por la erosión del viento y el agua, donde en algunos tramos el mar adquiere un azul tan intenso que parece saturado por un filtro de Instagram.

Es recomendado ir antes del mediodía, y cada tanto emergen medusas con forma de huevo frito que flotan con calma en el lugar. También se ven estalactitas que cuelgan desde hace millones de años, que le dan un aspecto fantasmagórico al lugar.

El color de la Gruta Azul parece retocado. Pero es así. Foto: José A. - Flickr.
El color de la Gruta Azul parece retocado. Pero es así. Foto: José A. - Flickr.

La cocina de Marsaxlokk

En este rincón al sur de Malta está el pueblo de Marsaxlokk, que tiene un paseo costero lleno de restaurantes de un lado y de barcas de pesca del otro.

En el lugar hay que probar los productos del mar como los del elegante restaurante La Reggia, que pueden ser un delicado carpaccio de pescado o la exagerada cazuela de mariscos. Eso sí –aconseja el alcalde Schembri- mejor evitar los domingos al mediodía, cuando llegan los turistas de los cruceros.

Barcas de pesca en Marsaxlokk. Foto: Andrey Sulitskiy-Flickr.
Barcas de pesca en Marsaxlokk. Foto: Andrey Sulitskiy-Flickr.

El sentir religioso

Malta es un pueblo profundamente religioso. Se dice que San Pablo llegó aquí tras un naufragio camino a su martirio en Roma, y aprovechó el accidentado desembarco para evangelizar.

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Leyendas aparte, uno de los puntos más populares de la presencia cristiana es el santuario de Nuestra Señora de Mellieħa, donde en una gruta hay un fresco bizantino y donde emanan aguas que los lugareños consideran milagrosas. Así se percibe con la galería de exvotos de agradecimiento.

Escaleras arriba está el templo mayor, revestido en un austero y elegante mármol blanco. Desde aquí hay impactantes vistas del extremo norte de la isla, donde algunos yates todavía atracan en la bahía.

La iglesia Nuestra Señora de Mellieħa. Foto: Shepard4711 - Flickr.
La iglesia Nuestra Señora de Mellieħa. Foto: Shepard4711 - Flickr.

Las huellas de la Segunda Guerra

A un lado está el mayor refugio antiaéreo de la isla. El guía es Big Bad John, un pequeño hombre que en su infancia vivió el horror de los bombardeos nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Malta fue el país con más víctimas en proporción a su población: una cada 235 habitantes. “Pero si no fuera por los refugios, hubiera sido una masacre mayor”, cuenta el guía.

En el refugio antiaéreo, una sirena como la que anunciaba los bombardeos pone la piel de gallina a los visitantes

Los túneles, excavados a mano en la roca natural, se extienden por 500 metros. Unos maniquís representan como era la vida cuando caían las bombas, y el periódico sonido de las sirenas de alarma ponen la piel de gallina a los visitantes.

Entrada al refugio antiaéreo de Mellieħa. Foto: JP Chuet-Missé.
Entrada al refugio antiaéreo de Mellieħa. Foto: JP Chuet-Missé.

Para alejar estos recuerdos se puede emprender una caminata entre las cercanas torres Blanca y Roja, construcciones del siglo XVII que están siendo restauradas por la sociedad benéfica Din I Art Helwa, en un recorrido donde allí abajo se ven a las barcas de los pescadores que se mecen suavemente en el Mediterráneo.