Madrid pierde una de sus señas históricas en la hostelería

Vista de la fachada de una de las cafeterías Nebraska, emblema de una época en Madrid. / EFE/D. Blanco

Madrid pierde una de sus señas históricas en la hostelería

Las cafeterías Nebraska, que trajeron el estilo americano a la capital en los años 50, echan el cierre definitivo a sus cuatro últimos locales

MANEL MANCHÓN

Barcelona

12/01/2017 - 23:24h

Un referente de la hostelería madrileña. Las cafeterías Nebraska aterrizaron en el Madrid de los 50 con un estilo nunca visto antes. Era el típico de los locales de comidas y cafés en los Estados Unidos de mediados del siglo XX. Ahora, tras más de seis décadas, los últimos establecimientos de la cadena han cerrado definitivamente en Madrid. Su historia, es buen momento para recordarlo, empezó de la mano de unos extranjeros que llegaron a una España muy diferente a la de ahora.

Bernard Gordon no daba crédito. El empresario Samuel Bronston, sobrino de Trotski, le había llamado para instalarse en la capital española. Eran los años 50, y el país vivía bajo la dictadura del general Franco. Gordon, un guionista perseguido por comunista en Estados Unidos, con la caza de brujas del senador Joseph McCarthy, se sentía mimado por una dictadura de derechas.

Y es que Franco, tras la firma de los Pactos de Madrid, en 1953, había logrado un acuerdo con Estados Unidos, que reforzaba al régimen, a cambio de la construcción de tres bases militares en Rota, Morón de la Frontera y Torrejón de Ardoz. Pero tras la presencia militar, llegó otra gran industria, la del cine, de la mano de Bronston, que construyó a las afueras de Madrid unos grandes estudios, importando guionistas, ejecutivos y artistas que había escogido, precisamente, entre las listas negras de McCarthy, porque habían sido expulsados de Hollywood.

Las Nebraska son el fruto de aquella época, porque los empresarios norteamericanos, junto a los locales que secundaban al régimen, se afanaron para ofrecer servicios a los nuevos visitantes e inquilinos de la ciudad.

Los empresarios de EEUU crearon locales pensados para los nuevos visitantes e inquilinos

El propio Bernard Gordon lo plasmó en Hollywood Exile. Or How I learned to love the blacklist (University of Texas Press). "Eisenhower había hecho un trato con Franco para establecer grandes bases aéreas y navales en territorio español. (…) Los miles de soldados que trabajaban allí necesitaban espacio, escuelas para sus hijos, restaurantes y lugares de ocio. Bronston no era el único productor estadounidense que había descubierto las ventajas de rodar en España (…), para los estadounidenses, a menudo resultaba más barato viajar a España con los actores y gran parte del equipo que trabajar en su propio país".

Junto a Bronston, claro, llegaron grandes artistas, como Ava Gardner, que en 1951 había rodado su primera película en España, Pandora y el holandés errante, y que, de hecho, vivió en Madrid entre 1955 y 1968.

Quien relató ese fenómeno de americanización, mientras la mayoría de la población de Madrid vivía en la miseria, fue Jorge Semprún. Desde la clandestinidad, y con periódicos viajes a España para dar a conocer a sus camaradas comunistas en Francia la realidad española, Semprún explicaba en sus informes que la calle de Alcalá se había llenado de bancos y cafeterías de estilo americano –con esos asientos largos unos contra otros, como en las películas de los 50—con nombres muy curiosos para un español de la época como Nebraska, California o Alaska, que identificaban a la perfección las familias norteamericanas instaladas en la capital. Lo explica Soledad Fox Maura en su libro Ida y Vuelta, sobre la vida de Semprún.

Jorge Semprún, exiliado en Francia, lo contó tras descubrirlo en sus viajes periódicos a España

Este martes, las cuatro cafeterías que perduraban, bajaron la persiana, apenas 15 días después de que el fondo de inversión Corpfin Capital Real Estate acordara la compra del grupo de restauración, por un precio de 14,48 millones de euros. A través de dos inversiones el fondo capturó los cuatro locales: primero, los dos en las calles Alcalá y Goya; y, finalmente, los de las calles Gran Vía y Bravo Murillo.

Eran el último vestigio del espíritu de Ava Gardner en Madrid, cuando representaron una ventana abierta en el Madrid de la dictadura. Su estilo siempre ha sorprendido, porque el contraste con el bar español era mayúsculo, si se tiene en cuenta la instalación, entonces, del aire acondicionado. Sus platos combinados, sus mesas, la barra que permitía comer con sus taburetes, quedarán en el recuerdo.

Fueron el producto de una época, donde en Madrid, en el norte, se construían barrios enteros para los estadounidenses, con piscinas y aparcamientos. Los propios madrileños acabaron distinguiendo las dos zonas de la ciudad como Corea del Norte y Corea del Sur, sin que se deba entender desde el punto de vista geográfico: a la zona americana se la llamaba Corea del Sur, mientras que la zona de Cuatro Caminos, situada al lado, era Corea del Norte.