La Mancha, paseando entre gigantes

La Mancha, paseando entre gigantes

Don Quijote se ha hecho omnipresente en unas tierras que ofrecen mucho más que vino, queso y el hidalgo cervantesco

Xavier Alegret

La Mancha

01/09/2015 - 20:49h

Castillos de Consuegra, en la provincia de Toledo

Una carretera larga, sin curvas en 23 kilómetros. Los cambios de rasante son el único entretenimiento para no caer dormido por el calor y el sopor de después de comer. A ambos lados de la carretera, uva esperando ser convertida en un Valdepeñas (u otra D.O.) y quizás, a lo lejos, olivos. Al llegar al pueblo, una rotonda, con altas posibilidades de contener en su interior un homenaje al personaje más ilustre de estas latitudes: Don Quijote. Hablamos, claro está, de Castilla-La Mancha.

Aunque La Mancha es mucho más que Don Quijote, el hidalgo creado por Miguel de Cervantes es una especie de dios en esos lares: omnipresente en cada uno de los pueblos, sea en forma de estatua, plaza, rotonda, casa-museo, mesón o todas ellas, y en cierta manera omnipotente como atracción turística, la que más se explota con diferencia. Pero no vayan a creerse que es la única. Hablando de dios (sí, quizá antes cometí una pequeña blasfemia, disculpen ustedes), las procesiones y los cultos al Cristo y a la Virgen de cada pueblo son una tradición que uno no puede dejar de contemplar si quiere entender a sus gentes.

Espadas y menús a 12 euros

Cuando uno llega a Toledo, la capital manchega, se pregunta por qué en una tierra llana han hecho una ciudad en los alto de una colina. La respuesta es sencilla: defensa. Las murallas, el Alcázar, las calles empedradas y las numerosas tiendas de espadas, escudos y armaduras evocan el pasado toledano como capital y ciudad referente, con una historia que se remonta a la Edad de Bronce.

Catedral de Toledo

Paseando por su centro en pleno agosto al mediodía, tentado de comprar una navaja o unas buenas tijeras, el calor es sofocante, le funde a uno con el suelo de las calles. Lo mejor será ir a comer. El precio es fácil de prever: todas las terrazas anuncian menús, la gran mayoría a 12 euros y con muchos platos en común, típicos del lugar, como la perdiz o las carcamusas (magro de cerdo en salsa, buenísimo aunque algo pesado si estamos a 40 grados).

La ruta de los molinos  

Cerca de Toledo, en dirección a Ciudad Real, se llega a Consuegra. Es uno de esos pueblos en los que Don Quijote pudo luchar contra gigantes. Una fila de molinos en la colina, al lado de un imponente castillo, saluda a los visitantes. Llegando a lo alto, uno se encuentra con una señal que indica que hay que seguir a pie. Como quien no quiere la cosa, y para no morir bajo el sol de las 4 de la tarde, uno ignora la señal y continúa hasta aparcar al pie de los molinos, constatando que nadie absolutamente hace caso de la señal. Será el carácter latino. El primer castillo hace las veces de tienda, dónde puede comprarse desde un helado o un refresco para combatir el calor hasta lotería, pasando por clásicos manchegos como queso o azafrán.

El molino es el otro gran símbolo de La Mancha y todavía hay muchos bien conservados en numerosos pueblos. Algunos –no los vamos a recitar todos– de los más impresionantes pueden visitarse en Campos de Criptana (Ciudad Real), cuna de Sara Montiel, que cuenta con una decena de molinos, uno de ellos convertido en museo. El Quijote, Sancho Panza y Dulcinea, convertidos en modernas estatuas, observan los molinos.

Molinos en Campos de Criptana

Uno de los molinos de Mota del Cuervo es un Museo Manchego y tienda de recuerdos. Además, en dicho pueblo pueden comerse un ajoarriero y un morteruelo excelentes (por ejemplo en el Mesón el Quijote, cómo no). En Belmonte, que tiene un impresionante castillo medieval, los molinos son de piedra.

Olvidando a Don Quijote (o no)

Uno no puede irse de La Mancha sin visitar Almagro y Villanueva de los Infantes y darse un baño en las Lagunas de Ruidera. Pocos parajes tienen estas tierras, por lo general secas, como las Lagunas, ideales para refrescarse, relajarse tomando algo fresquito y comer una paella mixta (que no falte el conejo, que estamos en La Mancha) en chancletas.

Las Lagunas de Ruidera son uno de esos sitios donde uno puede olvidarse por un rato del Quijote: no lo necesitan para que la gente las visite. Lo mismo pasa en Almagro, famosa por su plaza llena de ventanas verdes, sus encantadoras callejuelas blancas y el Corral de Comedias, de 1628. Es el único que se conserva en España de la época y puede visitarse por 3 euros con audioguía.

Villanueva de los Infantes cuenta con un bellísimo centro histórico, una plaza mayor y la iglesia de San Agustín, de los siglos XVI y XVII. La plaza, llena de vida y rodeada de arcos, le devuelve a uno a la tierra del hidalgo don Alonso Quijano: en medio, unas estatuas del Quijote, Rocinante, Sancho Panza y su asno nos recuerdan dónde estamos.

Plaza de Villanueva de los Infantes (Ciudad Real) e Iglesia de San Agustín

Una procesión alternativa

Vino y queso van inevitablemente unidos a La Mancha, una tierra repleta de viña mucho más que de ovejas, difíciles de encontrar aunque el queso curado (y semicurado) que se hace con su leche es, además de un placer, uno de esos productos típicos que uno no puede olvidar si va a La Mancha, aunque para ello haya que aromatizar el maletero del coche.

Los melones, y los puestos ambulantes al lado de carreteras y autovías, también son un clásico de estos lares, como los churros. O porras, según el tipo o el lugar. Al lado de la iglesia de Castellar de Santiago (Ciudad Real) puede encontrarse una popular churrería (dicen que hacen las mejores porras de la provincia) en la que se produce una especie de procesión.

Desde primera hora de la mañana y hasta que se termina el género, no paran de desfilar los vecinos del pueblo para llevarse, o tomarse allí con un chocolate caliente o un café con leche en vaso largo, un par de porras de casi medio metro (sin exagerar) cada una a treinta céntimos la unidad. Esta procesión pagana convierte la churrería en un lugar de encuentro, dónde los primos lejanos se saludan rutinariamente. Cómo cada mañana.