Brasil, el gigante cansado

Brasil, el gigante cansado

Bruno Juanes
Malas noticias para Brasil: su momento mágico como el mercado emergente más prometedor del mundo está siendo reemplazado por una verdadera avalancha de pronósticos, cuanto menos, inquietantes.

La economía brasileña creció un 40% en el periodo entre 2004 y 2011. España, en un periodo más largo (entre 2000 y 2010) y en plena efervescencia de la burbuja inmobiliaria creció “sólo” un 29%. Un país de 200 millones de almas creciendo a ese ritmo, impresiona.

Brasil ha sido capaz de sacar a más de 30 millones de personas de la pobreza
y hacerlas consumidoras de bienes y servicios apostando por el desarrollo del mercado interior aunque sea a costa de imponer férreas restricciones a las importaciones.

Brasil tiene unos fundamentos económicos muy saludables con un PIB muy repartido entre varios sectores de actividad; la deuda pública sobre el PIB es poco significativa… podría seguir durante muchos artículos alabando al país en que vivo y trabajo pero quiero destacar algunos hechos significativos que se están desarrollando con mucha rapidez y que aportan muchas -demasiadas- nubes al idílico panorama que se ve y se vende desde el exterior.

El modelo de crecimiento económico de Brasil se apoya fuertemente en dos factores: en las exportaciones y en el aumento del mercado interior estimulando el consumo de las familias. Ambos motores de crecimiento están experimentando problemas.

Las exportaciones están demasiado basadas en commodities, cuyos precios han caído bruscamente ante el descenso de la demanda en los mercados consumidores: hierro (-26%), Níquel (-26%), Cobre (-8%), Etanol (-4%)… Ante esta caída, y para hacer más competitivas las exportaciones, el gobierno Dilma devalúa el Real convirtiéndola en la moneda más depreciada entre las principales divisas del mundo en los últimos doce meses, con una caída del -22%.

Una de las causas de la devaluación del Real es la reducción de los tipos de interés, lo que provoca una salida de inversión extranjera en activos de renta fija del -71% respecto al primer trimestre de 2011. En la bolsa de Sao Paulo (BOVESPA) los inversores extranjeros salen corriendo como conejos y se deja un nada despreciable 10% desde enero. Hasta mayo, el saldo neto entre inversión y retirada de capital es de -2,5 billones de reales. ¿Hay o no hay señales de alarma?

Miremos el otro motor: el consumo del mercado interior. A inicios de 2007 (con los tipos de interés en el inmobiliario al 14%), las compuertas del crédito se abrieron y se regó con ellas a una enorme legión de potenciales consumidores en un país cada vez con más empleo y una mayor renta disponible. Decenas de millones de personas se adentraron en el paraíso del consumo y muy pocas en el purgatorio de la inversión.

El total del crédito dedicado a compra de inmuebles fue de un mísero 5% frente a un 40% en Alemania. La mayoría del consumo de Brasil en los últimos años se ha pagado a crédito (¿les suena?) lo que ha hecho alcanzar récords de endeudamiento familiar, llegando al 45% de la renta disponible. El crédito a las familias se ha cuadruplicado, lo que estaría bien si estas devolvieran los créditos… la tasa de morosidad oficial se sitúa en el 7,5% y encima el consumo pierde fuelle situándose en un 2,5% frente al 6,1% de hace sólo cinco años. Más motivos para preocuparse.

Podemos comparar a Brasil con otro BRIC, China por ejemplo. Mientras que el primero se ha volcado en su mercado interior y no ha invertido en infraestructura mientras que el segundo se ha metido de lleno en el comercio global y se ha concentrado en invertir en ciudades, puentes y caminos. No debería sorprendernos que (amén de otros factores, ¡claro está!) China haya crecido cuatro veces más rápido que Brasil en las últimas tres décadas.

Desde mi punto de vista, el panorama actual de Brasil dista mucho de ser del oasis capitalista que se nos vende en los medios. Hay problemas acuciantes y los va a haber salvo que cambien aspectos estructurales en el país. No obstante, soy optimista sobre el futuro del país a mediano y largo plazo siempre que sus gobernantes sean capaces de liderar el cambio.

Para volver a recuperar la energía perdida, el gigante sudamericano deber actuar en la mejora de las infraestructuras; en la mejora de la productividad y calidad de su tejido industrial; en reducir las barreras arancelarias que dificultan la competitividad a largo plazo; en mejorar y abaratar las telecomunicaciones; en reducir la complejidad administrativa, fiscal y laboral; en mejorar la calidad de la educación primaria; en continuar su lucha contra la pobreza, la marginación y la violencia; en reducir la brecha entre los más ricos y los más pobres; en modernizar su sistema sanitario… retos monumentales cada uno de ellos por si sólo pero retos, en definitiva, que un gigante como Brasil debe y puede enfrentar con garantías de éxito.