Contraste y profundidad

Contraste y profundidad

¿Podrían dar más de sí nuestros destinos, sin la necesidad de grandes inversiones?

Albert Punsola
En la actual coyuntura repartir aparece como un concepto muy a tener en cuenta en todos los ámbitos, y el turismo no es ninguna excepción. Si hablamos de tiempo, se trata de desestacionalizar y, si se trata de espacio, de descongestionar. Pero ¿por qué? ¿No funcionan suficientemente bien nuestros destinos? La pregunta quizá deba ser más ambiciosa: ¿podrían dar más de sí, sin la necesidad de grandes inversiones?

Una mirada al histograma de llegadas de turistas internacionales por meses, que publica el Instituto de Estudios Turísticos, nos revela un patrón que se repite año tras año. Consiste en un progresivo ascenso a partir de enero, que culmina en agosto, y vuelve a descender hasta diciembre. El territorio tiene sus propios patrones, que se reflejan en amplios espacios vacíos fruto del magnetismo de unos pocos lugares que atraen el grueso del interés. Esto sucede a escala nacional, regional, y local.

Leyendo las opiniones de visitantes extranjeros en les grandes webs del sector, uno se da cuenta de que nada es casual. En efecto, tras su visita a España, la inmensa mayoría de visitantes destacan las experiencias que esperaban de antemano. Los descubrimientos son escasísimos y el ansia de novedad casi nula. Una visión muy plana, en definitiva. Esto encaja con el patrón citado anteriormente: momentos del año específicos y lugares muy concretos.

Repartir las visitas en el tiempo y el espacio incidiría positivamente en el mercado laboral y en la creación de una oferta más estable. Serviría además de gran estímulo a la innovación, que es la clave para la sostenibilidad del sector. Este cometido parece a priori más sencillo en las áreas urbanas, debido a su alto grado de diversidad y de cambio, pero no es imposible en otros lugares.

Innovar no es sólo crear cosas nuevas, también es atribuir un uso inesperado o sorprendente a un escenario ya conocido. Pasear a caballo por las playas de Menorca en invierno, o subir a las cumbres del Pirineo para contemplar el firmamento sin contaminación lumínica, son ejemplos vigentes de cómo generar vida más allá del baño y del esquí.

Pocos recursos, gran potencial

Enriquecer un destino puede pasar por el contraste entre lo usual y lo insólito, como en los dos casos citados, pero existe la posibilidad de profundizar en la esencia de lo que el destino ofrece. Una de las atracciones mejor valoradas por los turistas que visitan la Ciudad Condal es el conjunto de ruinas romanas que yacen en el subsuelo del barrio gótico. Pues bien, a media hora de metro, en el centro de la vecina Badalona, existe otro conjunto similar, que no sólo no desmerece el primero, sino que constituye su imprescindible complemento.

Sin embargo los restos de la antigua Baetulo permanecen ignorados por el turista internacional, porque nadie ha establecido una conexión entre ambos lugares. Simple gestión de la información.

Pensemos por un instante en lo que se podría lograr con el contraste y la profundización extendidos por todo el territorio. Los recursos necesarios para poner en marcha iniciativas de este tipo consumen muy poca materia y energía, y no suponen un impacto negativo para el medio.

Son recursos intelectuales ¡y digitales! Así lo han entendido en Galicia con el proyecto Costa da Morte 2.0, que consiste en la instalación de paneles dotados de códigos QRen los principales monumentos, playas, o rutas de la zona que, al ser leídos por el móvil, proporcionan información adicional sobre estos mismos lugares y otros vinculados a ellos.

Es claramente un caso de profundización, dónde las TIC ayudan a extender la experiencia del visitante mostrándole opciones que, de otro modo, le pasarían desapercibidas. Hacer visible lo invisible ha sido desde siempre tarea de la imaginación.