Olimpiadas, esteladas y expectativas

Olimpiadas, esteladas y expectativas

13/09/2013 - 12:43h

Madrid se quedó el pasado sábado a la puertas de la organización de los Juegos de 2020. Y lo hizo con más dolor que en las ediciones previas. Durante toda la semana, se había trasladado el mensaje por tierra, mar y aire de que ‘está vez sí’, ‘a la tercera va la vencida’, ‘ es la mejor candidatura’…A la vista de los resultados de la votación y la eliminación a las primeras de cambio, alguien se equivocó mucho en el diagnóstico y, sobre todo, en la estrategia de comunicación desplegada.

Craso error. Lo de vender la piel del oso antes de cazarlo es una práctica demasiado común en los ámbitos políticos. Y así nos va. La decepción para el madrileño de a pie --e incluso para muchos millones de españoles ilusionados en repetir la historia de Barcelona'92-- ha sido mayúscula.

¿Cómo se pueden manejar las expectativas con tan poca inteligencia y/o sensibilidad? ¿Quién tuvo la idea de organizar durante toda la semana una campaña de comunicación en la que el mensaje central era que Madrid iba a ganar?¿A qué vino el despliegue de recursos y medios en la televisión pública, esa que no acaba de encontrar el equilibrio?

Las cosas, posiblemente, no se habían hecho del todo mal hasta la semana anterior. Incluso las presentaciones finales del sábado, pese a algunos análisis crueles y partidistas, estuvieron a la altura de las circunstancias. Sin entrar en más detalles, la intervención de Felipe, Príncipe de Asturias y de Girona, fue soberbia, tanto en el fondo como en la forma.

Pero más allá de cómo fuera esa jornada, todo apunta a que el pescado estaba vendido antes de esta última oportunidad, y que Madrid estaba lejos no ya de ganar, sino siquiera de competir.

Hay quien dice que la euforia incontrolada previa a las votaciones se sustentaba en la seguridad de la victoria. Pero también quien cree que en el propio gobierno español había serias dudas de la posibilidad de ganar la nominación, porque ni siquiera los socios europeos, interesados en la cita de 2024, apoyaban a Madrid.

Tanto monta, monta tanto: ha habido un claro error de cálculo en el manejo de los mensajes, de una forma triunfalista y poco rigurosa. Y eso pasa factura.

En un artículo anterior
ya hablé de lo importante que es acertar a la hora de trasladar previsiones económicas. En este caso, estamos hablando de cómo manejar expectativas respecto a algo más etéreo, como es la celebración de unos juegos olímpicos, cuya nominación depende de intereses de una centenar de personas con voto secreto.

En ambos casos, existe el riesgo de incumplimiento de la previsión, que hay que poner en la balanza antes de desplegar la estrategia de comunicación. Porque la decepción posterior será proporcionalmente creciente cuanto más se haya sobrevendido que es probable la victoria --ya sea una recuperación económica, ya unos juegos olímpicos-- sin que finalmente se colmen las expectativas.

Unir el fiasco de Madrid 2020 con el debate en Catalunya sobre el derecho a decidir quizá sea un atajo oportunista. Pero no me resisto a ponerlo sobre la mesa en aras a avivar el debate, siempre productivo si se realiza de manera constructiva.

Porque, además, casi en paralelo al empeño madrileño por ganar la candidatura olímpica, Artur Mas acaba de hacer un quiebro respecto al referéndum sobre el derecho a decidir de los catalanes, apagando las prisas por realizar la consulta y con un mensaje central: el propósito de que se produzca dentro de la arquitectura institucional del Estado.

En este caso sí, el President ha acertado, a mi juicio, al menos por tres motivos. Primero, porque se ha anticipado en el manejo de las expectativas, a pocos días de la celebración de la Diada, para evitar que la marea independentista vuelva a marcarle el paso, como ocurrió desde el año pasado. De paso, porque logra calmar a los socios de Unió.

Y, en tercer lugar, porque agrada al mundo empresarial catalán, que asistía con horror al deterioro del clima para hacer negocios que se viene generando por la deriva independentista.

Y, en medio de este debate, se me ocurren dos preguntas: ¿Habría ganado Barcelona los Juegos Olímpicos de 1992 sin Catalunya dentro de España? ¿Los Juegos de Invierno de 2022, a los que Barcelona presentará candidatura, estarían al alcance de la mano con una Catalunya independiente y la estelada presidiendo la plaza de Sant Jaume?