Pleno empleo

Bruno Juanes

04/06/2012 - 13:04h

Bruno Juanes
En el año 2004, Brasil tuvo una tasa de desempleo del 12,3% de la población activa. Ocho años más tarde, en abril de este 2012, han sido capaces de reducirla hasta un extraordinario 6,0%, cifra que se aproxima mucho a lo que podríamos entender como pleno empleo.

Aunque quisiera, no podría extrapolar las razones de este éxito para aplicarlas a nuestra maltrecha economía. Somos demasiado diferentes, tanto en los fundamentos macroeconómicos como en la actitud que mantenemos ante la vida. Desgraciadamente.

Nos ha costado media vida enterarnos de que si el trabajo no viene a nosotros hay que salir a buscarlo fuera; que no podemos seguir despreciando trabajos manuales dejándoselos a los extranjeros mientras nosotros exhibimos hidalguía entre botellón y botellón; que los préstamos hay que pagarlos y que para pagarlos hay que trabajar; que es crítico pasar de curso sin asignaturas pendientes; que no podemos estirar el brazo más que la manga; que no podemos importar futbolistas y exportar ingenieros; que es más importante el empleo que los toros (pregunten si no me creen en Valrío y El Batán) y que llega un momento que la teta del Estado no da más leche.

En el Brasil del día a día hay decenas de miles de personas que trabajan en empleos por los que españolitos de a pie ni siquiera nos quitaríamos de la lista del paro y que ya dejaron de verse hace muchos años en nuestra europea, civilizada y occidental España. Como muestra, algunos botones: ascensoristas, aparcacoches, hombres y mujeres que sujetan banderas o anuncian promociones inmobiliarias, recepcionistas, manicuras, jardineros, barrenderos, agentes forestales, limpiacristales, limpiabotas, empaquetadores en las cajas del supermercado, orientadores…

La parte más baja de la escala salarial está ocupada por brasileños (no por sus vecinos más pobres) que con su esfuerzo, su trabajo y su sacrificio diario están consiguiendo saltar de la clase D (43 millones de personas con un ingreso mensual de 295 a 430 dólares) a la clase C (91 millones con un ingreso entre 430 y 1800 dólares), consiguiendo que el país avance con ellos. Aquí no hay indignados con smartphone, perroflautas, cantamañanas, chupópteros, listillos, avispados ni hidalgos. Aquí hay currantes, madrugadores, gente que espera en la cola de autobús por horas, gente humilde, voluntariosa y con unas enormes ganas de progresar, de ser mejores y de labrarse un futuro mejor. Gente con brillo en los ojos y el cuchillo en los dientes.

Y eso lo hubo en nuestro país hace no tanto tiempo. Hubo un momento que el viento sopló a favor y nos creímos ricos. Todos. Pero ahora vienen torcidas y mal dadas, muy mal dadas y es ahora cuando tenemos que recuperar lo mejor de nosotros mismos porque -desgraciadamente- a pocos más podremos pedir ayuda.

También podemos echarle la culpa a la crisis, que la tiene y mucha; avergonzarnos de las malas prácticas de algunos banqueros y empresarios, que esa es otra historia y bien gorda, o resignarnos y bajar los brazos pensando que el mundo entero está en nuestra contra y que no podemos hacer nada ni tenemos responsabilidad. Podemos hacer todo esto o pensar que cada día es una oportunidad y que, en el estado de emergencia en que estamos, o hacemos algo o la ola nos devora.

Suelo ser muy crítico con la economía brasilera y con su sistema político, administrativo, tributario y social; pero tengo que reconocer que este país será una gran potencia (a pesar de sus gobernantes) gracias al empuje de su gente.

Un gran lección que aprender de un país cuyo PIB per cápita triplicamos y al que, curiosamente todavía, miramos con cierto desdén…