Vacaciones entre la ética y la frivolidad

Vacaciones entre la ética y la frivolidad

Alfons Rodríguez

30/09/2011 - 12:31h

Alfons Rodríguez
Hasta la prestigiosa revista Forbes, tan aficionada a los rankings, se ha ocupado del tema. Y es que la cosa está de moda. Una buena lista de países que hacen las delicias de un buen número de turistas, diría yo, irresponsables e irrespetuosos, autodenominados viajeros. Pero, aclaro, no se confundan ustedes: una cosa es un destino exótico, con violencia civil más o menos abundante, donde ir a pasar unas vacaciones moviditas y otra es meterse bajo el fuego cruzado con gafas de sol, chancletas y gorra con publicidad de su banco o caja de ahorros.

Somalia, Irak, Afganistán, Haití, Palestina, R.D. Congo... Hablo de ese tipo de países donde la cosa está que arde. Los otros países, aquellos lugares donde te pueden robar como quien da los buenos días, donde los índices de violencia civil o callejera son simplemente espantosos, donde la malaria campa a sus anchas, donde los precios son tan altos que parecen puñaladas traperas o en los que las paellas de bote te pueden matar, son perfectamente visitables. Y es que sino nos quedaremos sin destinos que visitar.

Viajar hacia aquellos estados, supone comprar un billete que te puede conducir incluso a alcanzar la luz al final del túnel. Una frivolidad y una falta de respeto carente de ética hacia los que sufren de verdad semejantes lugares. En ocasiones su hogar, a veces su puesto de trabajo.

Los he visto. Y tanto que los he visto. Alardeando de que están de viaje por placer o por necesidad espiritual. Son seres humanos que minusvaloran el sentimiento ajeno. Pasan por allí para entrenar su ego y su espíritu a pesar de lo que se está cociendo: “Yo estuve en Afganistán”.

Y es que una cosa es llevar a tu espíritu o a tus hijos a que aprendan lo que es la vida a la India o a Kenia y otra muy diferente es montarlos en un avión y bajarles en los Kivus de la RD Congo. Por muchos gorilas que se consigan observar entre la niebla. Y me refiero a los gorilas buenos de espalda plateada, no a los del Kalashnikov.

He pensado, que tales mesnadas de individuos podrían alegar que ayudan a mejorar la economía del peligroso país en cuestión. A traer normalidad con su presencia. Pero no me vale. Son cuatro gatos que se dejan un puñado de dólares en un sistema donde el problema no es la cantidad si no el reparto. Son economías de millones de dólares alimentadas con esclavitud, explotación ilegal, tráfico y corrupción. Son lugares regidos por la LMF (Ley del Más Fuerte). Y punto.

Todos sabemos que en los países ricos y con un pasaporte de los de primera división (América del Norte, Europa, etc.) somos seres humanos libres, no como en otros lugares del sur. Con ese salvoconducto tenemos derecho a casi todo. Podemos recorrer el mundo con plena libertad y el bolsillo más o menos repleto de divisas. Pero, acaso, ¿podría ser efectivo prohibir la entrada a turistas en según que lugares?: “oiga aquí no hay playas, ni resorts, ni templos de paz donde encontrar la iluminación, vuélvase usted por donde vino. Si es tan amable”. Y así se pudiera ahorrar, el aventurero, una buena dosis de horror, tristeza y miedo en las miradas de los locales. ¿No?

Basta con buscar por Internet para ver qué multitud de páginas alertan sobre cuales son los peores destinos del globo. Alertan y alientan a la vez, pues no hay nada como provocar a la bestia que todos llevamos dentro.

Tampoco hay que olvidar a las agencias de viaje alternativas poco escrupulosas. Ya se sabe que la demanda crea la oferta y que no todas se pueden medir con el mismo rasero, pero haberlas también las hay.

Si finalmente y a pesar de todo deciden ustedes pasearse por Kabul o disfrutar de unos agitados días en Bagdad o en Goma, recuerden: sustituyan el chaleco color caqui con bolsillos por el anti-balas azul marino y la cámara compacta por una cruz de Caravaca. Nunca se sabe donde va a explotar. Es cuestión de suerte para unos y de fe para otros. Es, en definitiva, caminar por una cuerda floja que se balancea entre la ética y la frivolidad.


* Alfons Rodríguez es fotoperiodista