Belmond Hiram Bingham, rumbo al Machu Picchu en el tren más lujoso

A bordo de tren clásico de lujo: una forma inolvidable de visitar Machu Picchu. Foto: Sergi Reboredo.

Belmond Hiram Bingham, rumbo al Machu Picchu en el tren más lujoso

Paisajes sobrecogedores a más de 4000 metros de altura, ciudades incas y el toque de elegancia y romanticismo de los míticos trenes Belmond

Sergi Reboredo

Barcelona

26/04/2020 - 18:00h

Considerado por muchos el mejor tren de Sudamérica, el Belmond Hiram Bingham supone, sin duda alguna, la manera más romántica y cómoda de llegar hasta las mágicas ruinas de la ciudad inca de Machu Picchu, anclada entre cumbres andinas.

Apenas cuatro horas de trayecto que, sin duda, se harán muy cortas, separan el yacimiento de Cuzco y sus edificios coloniales.

El tren lleva el nombre del explorador estadounidense que en 1911 afirmó haber descubierto los restos de la ciudadela inca de Machu Picchu.

El tren, que debe su nombre al explorador que redescubrió la ciudadela de Machu Picchu, se desplaza lentamente a través del Valle Sagrado

Se sabe, sin embargo, que tal hazaña correspondió al agricultor cuzqueño Agustín Lizárraga y tuvo lugar el 14 de julio de 1902, nueve años antes. Lizárraga murió en 1912 sin reclamar su descubrimiento, algo que sí hizo la Universidad de Yale, que financió la expedición de Bingham junto a la Nacional Geographic Society, apuntándose como propio el hallazgo y expoliando además más de 4.000 piezas que no fueron devueltas hasta el año 2011, un siglo después.

Mucho más que un viaje, el tren es una experiencia vital. Foto Belmond

Mucho más que un viaje, el tren es una experiencia vital. Foto: Belmond.

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Lujo y romanticismo en los Andes

Los viajeros del Belmond pueden rememorar esos tiempos pasados subidos a un tren de época donde el lujo y la comodidad, entre maderas oscuras, acabados de latón pulido y finos tapizados, son la nota predominante.

El artista peruano Fito Espinosa fue el encargado de dar una nueva imagen al vagón observatorio del convoy en un homenaje a la mitología inca

El convoy, con capacidad para 84 pasajeros, cuenta únicamente con cuatro vagones restaurados, de estilo Pullman años 1920, dos habilitados como comedor con 42 asientos, un coche-observatorio y el coche-cocina en el que se preparan las exquisiteces peruanas que se degustarán durante el trayecto.

El pasado mes de noviembre y como parte del programa 'Art in Motion' de Belmond, el galardonado artista peruano Fito Espinosa decoró el coche observatorio dándole una nueva imagen que aúna elementos del bosque subtropical y su conexión espiritual con la antigua mitología inca en una nueva interpretación de un viaje etéreo al corazón de esta civilización a través de bellas y delicadas ilustraciones.

Además se han renovado los uniformes, menús y cartas de cócteles a mano de reconocidos artesanos, chefs y mixólogos.

Nuevo diseño del coche obsevatorio con arte local. Foto Belmond

Nuevo diseño del coche obsevatorio con arte local. Foto: Belmond.

Cuzco, ombligo del mundo

En Cuzco o Cusco, al que los antiguos pueblos ‘ombligo de la Tierra’, comienza la aventura andina. Sus calles empedradas llevan al viajero varios siglos atrás, cuando el inca Manco Cápac fundó la ciudad que llegó a ser capital sagrada, un lugar de culto y peregrinación, el centro de un poderoso imperio donde se organizaron ejércitos de más de cien mil hombres y se levantaron construcciones que todavía hoy en día asombran por su elegancia y perfección.

Más adelante fue El Dorado de los conquistadores. Sobre los muros incas, los españoles levantaron palacios, iglesias y conventos barrocos. Y en ese mestizaje de Europa y América radica el atractivo y belleza de esta ciudad.

Su corazón es la Plaza de Armas, ligeramente inclinada, rodeada de edificios coloniales y con largos soportales que protegen del sol y la lluvia, testimonio del esplendor de tiempos pasados.

Cuzco. Foto Sergi Reboredo.

La imponente Plaza de Armas de Cuzco. Foto: Sergi Reboredo.

Valle del Urubamba

Saliendo de la ciudad y sus alrededores se extiende el precioso valle del río Urubamba, popularmente conocido como el Valle Sagrado.

Merece la pena explorar las ciudadelas incas de Pisac y Ollantaytambo. En Pisac, el domingo se celebra el mercado más colorista del país, donde se venden frutas, verduras y productos llegados de todos los rincones, así como artesanías.

Ollantaytambo, por su parte, aún conserva la estructura que le dieron los incas, quienes construyeron esta fortaleza y el pueblo poco antes de la llegada de los españoles.

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También en la zona se encuentran las minas de sal preincas de Maras y Moray, conocida por sus bancales en terrazas donde los incas experimentaron condiciones óptimas de cultivo.

Pisac y Ollantaytambo son dos visitas muy recomendables en los alrededores de Cuzco. Foto Sergi Reboredo.

Pisac y Ollantaytambo son dos visitas muy recomendables en los alrededores de Cuzco. Foto: Sergi Reboredo.

La estación de Poroy

El tren espera a los viajeros en la estación de Poroy, ubicada a 20 minutos por carretera del centro de Cuzco. Una docena de bailarines dan la bienvenida a los pasajeros, mientras las azafatas reparten copas de champán entre los asistentes. Es el preludio de un gran viaje.

A las 9 en punto de la mañana, el jefe de la estación da la señal y el ferrocarril comienza a deslizarse suavemente por las vías.

El tren serpentea a través de algunos de los paisajes más impresionantes del valle del río Urubamba, encaramándose poco a poco por las montañas de los Andes.

Por la ventanilla se vislumbra un paisaje cambiante por momentos. Los campos de maíz, que tiñen de dorado el entorno, dan paso a las montañas escarpadas tupidas de vegetación conforme avanzamos en el camino a la ciudad sagrada.

El paisaje cambia vertiginosamente por las ventanillas del tren. Foto Belmond.

El paisaje cambia vertiginosamente por las ventanillas del tren. Foto: Belmond.

En el interior del tren todo está cuidado hasta el más mínimo detalle. A las 10 en punto y después de un delicioso pisco sour –la bebida nacional por excelencia–, se sirve un brunch con deliciosos bocados como tartaletas crujiente de maíz con queso de cabra, aguacate y sal de Maras, paiche (pescado) a la parrilla con mantequilla de sacha inchi y puré de habas, y un pastel de queso Quillabamba hecho con el mejor café peruano.

El Camino Real

Algunos vagones disponen de amplias ventanillas para observar mejor el increíble paisaje. Los guías del tren avisan: a la izquierda comienza el legendario Camino del Inca.

El Camino pertenece a una compleja red viaria construida por distintas civilizaciones anteriores a los incas, pero completada y organizada por estos. El trecho de Cápac Ñam (Camino Real) era un camino secreto solo conocido por la nobleza y algunos elegidos.

Como las civilizaciones andinas no usaban ruedas –imposible rodar por semejante orografía–, diversas escaleras y puentes salvan montañas y precipicios. A tramos está sostenido por muros que alcanzan los 4 m de altura e incluso atraviesa un túnel de 5 m que se hizo agrandando una hendidura natural de la montaña.

Música, comida y bebida acompañan el viaje. Foto Sergi Reboredo.

Música, comida y bebida acompañan el viaje. Foto: Sergi Reboredo.

El coche de observación da la bienvenida a banda de músicos. Se sirven cervezas locales, vino espumoso peruano y pisco sour, que ayudan a apaciguar el soroche o mal agudo de montaña (conocido como mal de altura), pues Machu Picchu se encuentra a 2.430 m de altitud.

A las 12.30 h el tren se enfila por la estación de Aguas Calientes, llegando al final de un recorrido que muchos quisieran que hubiese durado un poco más.

El refugio de los incas

Machu Picchu Pueblo (o Aguas Calientes) está situado en el fondo de un estrecho valle, entre las paredes verticales de los montes y el río.

En realidad, es un núcleo de servicios, con hoteles, restaurantes, mercadillos, baños termales y la estación de ferrocarril. La línea férrea continuaba hasta Vilcabamba, pero un huaico –aluvión que arrastra rocas, lodo y agua– enterró los raíles y no fue reconstruida.

Desde la estación salen los autobuses que conducen hasta la ciudad inca. Cerca del yacimiento hay solo un alojamiento, Hotel Machu Picchu Santuary Lodge, propiedad también de la compañía Belmond. Pernoctar en él permite visitar sin turistas la zona monumental al salir el sol o al atardecer, que son, sin duda, los mejores momentos.

Machu Picchu. Foto Sergi Reboredo

Machu Picchu. Foto: Sergi Reboredo.

Machu Picchu

Machu Picchu, que significa ‘Montaña Vieja', luce imponente en medio de un grupo de verdes elevaciones. Su belleza impacta sobre los sentidos mientras sus misterios alimentan la fascinación (y las preguntas sin respuesta).

El lugar está densamente arbolado y esta es, aparentemente, una de las razones por las que Machu Picchu permaneció intacto durante la conquista.

Algunas leyendas se refieren a ella como un centro religioso de educación de las “ñustas” (vírgenes), debido a la cantidad de restos óseos femeninos encontrados en el yacimiento. Otra de las teorías sugiere que allí se hacían estudios astronómicos, dada la posición de sus edificaciones siguiendo algunos astros. Otra que quizá fuera el último refugio de los incas.

Visita a la ciudadela

Un guía acompaña a los pasajeros en todo momento reconstruyendo con palabras el esplendor del imperio inca.

La ciudadela, donde se encontraron numerosos restos humanos, está formada por palacios, templos, viviendas y almacenes pero, sobre todo, edificios de función ceremonial o religiosa.

Ruinas de Machu Picchu. Foto Sergi Reboredo.

Ruinas de Machu Picchu. Foto: Sergi Reboredo.

Llama la atención el Templo del Sol, construcción semicircular que tiene la peculiaridad de que dos de sus ventanas enfocan a puntos diferentes del horizonte de tal forma que en el solsticio de invierno y el de verano inciden de forma directa los rayos del sol.

La agresiva y desigual pendiente se transforma en una superficie escalonada con terrazas totalmente horizontales y planas, que cubren los desniveles de las laderas y cuyas curvas redibujan con líneas firmes los perfiles de la montaña.

Solamente existía una puerta para acceder al recinto, un pórtico trapezoidal cuyos cerrojos de piedra todavía son visibles desde la parte interior.

Retorno a Cuzco

Después de la visita, hay tiempo libre y la mayoría de los viajeros decide tomar algo en el restaurante Tinkuy del hotel Belmond. Otras opciones son el bar restaurante Tampu o El Mirador, justo al lado del ingreso a la ciudadela.

A las 16 h, los viajeros se reúnen de nuevo para tomar una taza de té y volver al tren que los llevará de regreso a Cuzco. A bordo les espera una excelente y completa cena y un brindis con pisco para recordar este viaje tan especial.