Transcantábrico, el tren más lujoso de España

Un viaje épico sin salir de España. Foto Sergi Reboredo

Transcantábrico, el tren más lujoso de España

Una semana por el norte de España a bordo de un lujoso hotel sobre raíles

Sergi Reboredo

Barcelona

21/03/2020 - 18:30h

Un viaje épico en uno de los trenes turísticos más lujosos de Europa, Transcantrábrico: ocho días zigzagueando por la cornisa cantábrica a través de ruta ferroviaria increíblemente bella y una línea no convencional sino métrica, diseñada hace un siglo, y hoy inaccesible para el automóvil.

Antaño transitaban por ella los trenes del Hullero, una línea férrea creada a principios del siglo pasado por un grupo de empresas vascas del sector metalúrgico que, como ener­gía vital de funcionamiento, necesitaban del carbón que se producía en León.

Que nadie espere un tren silencioso, rápido y sin movimientos: aquí el traqueteo es tan delicioso como el paisaje, lento, que discurre por las ventanillas

Las vagonetas de carbón ya hace muchos años que no circulan: ahora recorre sus vías la joya del patrimonio histórico ferroviario. Una joya que tomar forma en los legendarios coches Pullman construidos en 1923.

Quince vagones rediseñados para la ocasión –7 coches cama y 2 suites de lujo–; además del coche salón –con auténticos sofás Luis XVI–, el bar, aten­dido por un bartender, el restaurante y el vagón-discoteca, cada noche con diferen­tes propuestas, desde violonchelistas a cantautores.

Transcantábrico 4. Foto Sergi Reboredo

Transcantábrico, el 'slow travel' a la española. Foto: Sergi Reboredo.

[Para leer más: Cómo viajar alrededor del mundo en tren (y sin salir de casa)]

Al compás del cha-ca-chá

San Sebastián es el punto de encuentro para el medio centenar de viajeros del Transcantábrico. El autobús de apoyo traslada la expedición hasta el tren que aguarda en Bilbao, donde la tripulación ofrece una copa de bienvenida.

El silbato anuncia la salida y el tren se pone en marcha. Que nadie espere un tren silencioso, rápido y sin movimientos, porque precisamente lo que aquí se ofrece es todo lo contrario. Se trata de vivir experiencias, y tan preciado es el “dónde”, como el “cómo”.

No se trata de llegar rápido; el tren no supera los 45 km/h, sino de disfrutar de cada minuto, de cada paisaje, de cada bocado o de cada charla tranquila con los compañeros de viaje

No se sobrepasan los 45 km/hora y el traqueteo de las ruedas surcando las vías se hace palpable desde el minuto cero, tanto por el vaivén como por la machacona melodía del cha-ca-chá que nos acompaña.

Por suerte las noches son sosegadas, ya que el tren permanece estacionado, lo cual todo el mundo agradece. 

Transcantábrico 3. Foto Sergi Reboredo

Cada detalles lleva la marca exquisita de la casa. Foto: Sergi Reboredo.

A las ocho de la mañana el hombre de la campanilla, tal como era costumbre en los viajes de la edad dorada del ferrocarril, despierta a los viajeros. La tripulación se esmera en convertir el desayuno en un buen preludio de lo que está por llegar.

Dulces y quesos locales, pan con tomate y jamón, fruta y zumos naturales; un copioso desayuno buffet combinado con la carta, y que día a día incorpora las delicias de las ciudades por las cuales discurre, como las corbatas de Unquera o los sobaos pasiegos.

Arte y pintxos

El Museo Guggenheim es de visita obligada. La guía que conduce a los viajeros por la ciudad vieja –donde también es obligado ir de pintxos– traza un antes y un después entre la urbe industrial, “sucia gris y fea”, y el Bilbao “luminoso y moderno” surgido tras la construcción del Guggenheim.

Está programado el almuerzo en el gran clásico de Galdakao, el restaurante Andra Mari, con un completo recetario que combina tradición –para los sabores clásicos de la culinaria vasca– e innovación –con técnicas y presentación modernas–.

El menú de los viajeros, vieiras a la plancha con crema de apio y la degustación de bacalao, dan fe de la calidad y nivel de esta cocina.

Foto: Txemi López | Pixabay.

Foto: Txemi López | Pixabay.

Prosigue el viaje y por la tarde hay tiempo libre para visitar Santander, una ciudad señorial y cosmopolita al abrigo de una de las bahías más bellas del mundo. Y no es un decir, sino un título avalado por la Unesco y que en España sólo poseen Santander y la Bahía de Roses en la Costa Brava.

La cena, en el afamado restaurante La Mulata, incluye langostinos gratinados con espinacas y jargo a la espada con patatas panadera. Los comensales parecen más intrigados por el nombre del restaurante que por el pescado. Al final se descubre que la mulata no es una mestiza de buen ver, sino un cangrejo no comestible de caparazón cuadrangular y color verde oliva. De paso se aprende que el jargo es el sargo, ese pescado azul de roca con varias franjas negras trasversales.

Como broche de oro, algunos deciden acercase al Gran Casino de Santander. Otros, cansados de la intensa jornada, optarán por retirarse a sus lujosos aposentos.

Foto jose Cespedes Balongo Unsplash

Foto: José Céspedes Balongo | Unsplash.

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Donde no llega el sol

Se desayuna al compás de la marcha en dirección a Unquera; el autobús recoge al pasaje para hacer una parada técnica en el monasterio de Santo Toribio de Liébana, que guarda celosamente el Lignum Crucis –fragmento de la cruz de Cristo– el más grande que se conserva en el mundo.

Ya en Potes hay tiempo libre para visitar el mercadillo turístico y el conjunto histórico de la localidad, del que sobresale la Torre del Infantado, de arquitectura medieval. En el camino de vuelta se atraviesa el desfiladero de La Hermida, uno de los más largos de España, y hay parada en el hotel balneario La Hermida.

Dicen que en este pueblo durante muchos días de invierno el sol no se deja ver. Está tan encerrado entre las escarpadas paredes del desfiladero, que hasta bien entrada la primavera, cuando el sol se alza por encima de las montañas, sus paisanos sólo llegan a presentirlo por la claridad del cielo, no pudiendo gozar de su cálida visión.

El Capricho de Gaudí. Foto Sergi Reboredo.

El Capricho de Gaudí. Foto: Sergi Reboredo.

El autocar conduce al grupo a Comillas para visitar El Capricho de Gaudí, un edificio que parece sacado de un cuento de hadas, proyectado por el arquitecto catalán entre 1883 y 1885. Fue abandonado tras la Guerra Civil y convertido en restaurante en 1988. Fracasó como tal y en 1992 lo adquirió un consorcio japonés que lo ha convertido en el museo privado que es hoy.

Las otras cuevas de Altamira

Es una de las excursiones más esperadas. Lógicamente, no se trata de la gruta original, sino de una réplica llamada Neocueva de Altamira, que es una fiel reproducción llevada a cabo con las mismas técnicas de dibujo, grabado y pintura que emplearon los pintores paleolíticos.

Aquí no está permitido hacer fotos y no sirve la excusa de que las obras son originales y pueden dañarse. Al perecer, lo que preocupa sobremanera es que los visitantes ignoren las explicaciones pertinentes y se dispersen con sus palitos selfie.

La jornada matinal finaliza caminando por las empinadas y adoquinadas calles de Santillana del Mar, un decorado cinematográfico perfecto para rodar cualquier película del medievo.

Transcantábrico 5. Foto Sergi Reboredo.

Santillana del Mar. Foto: Sergi Reboredo.

Rumbo a los Picos de Europa

El Transcantábrico prosigue su camino rumbo a Llanes, desde donde está prevista la visita al Santuario de Covadonga, los Picos de Europa y Cangas de Onís.

El recorrido en autocar por la escarpada y zigzagueante carretera que lleva hasta los Lagos de Covadonga no es apto para cardiacos ni propensos al vértigo.

El Transcantábrico ofrece hoy dos convoyes: Costa Verde Express y Transcantábrico Gran Lujo, con suites más grandes y detalles como hidromasajes que elevan la calidad de su oferta

Una vez en la cima, las vistas, el queso, el chorizo y la sidra hacen que se olvide el mal trago. Al día siguiente se visita Avilés por la mañana, haciendo parada en el Centro Cultural Oscar Niemeyer, para pasar la tarde recorriendo la villa histórica de Gijón.

En la etapa final

El viernes se sale de Luarca, para entrar en Ribadeo, ya en Galicia. Algunos aprovechan para darse un chapuzón en la playa de Las Catedrales –a pesar de que el tiempo no acompaña–.

Transcantábrico cena. Foto Sergi Reboredo

La oferta gastronómica está al nivel de un hotel cinco estrellas. Foto: Sergi Reboredo.

Por la noche, la última cena en es el restaurante Louzao de Viveiro, a base de marisco, en la que no faltan ni siquiera percebes.

Los hórreos indican que el final del trayecto está cerca. El autobús lleva al grupo desde Ferrol a Santiago de Compostela, donde está previsto visitar el casco antiguo. Los viajeros han forjado relaciones que no existían hace una semana y, a la hora de la despedida, parece que han llevado toda una vida juntos. El futuro, o quizás el tren, los reunirá de nuevo.

[Para leer más: Dos calles y un mercado para saborear Santiago de Compostela]

Dos trenes y un destino

Desde hace varios años, el Transcantábrico se ha desdoblado en dos convoyes. El que ya existía pasó a denominarse Costa Verde Express, y el nuevo, llamado ahora Transcantábrico Gran Lujo, se reformó para reducir a la mitad su capacidad y duplicar el tamaño de las suites.

Además, incorpora detalles como ducha de hidromasaje y sauna de vapor, ordenador personal con conexión a internet y hasta una cama extragrande.

El Transcantábrico Gran Lujo alterna las salidas desde San Sebastián a Santiago de Compostela y en sentido inverso. (7 noches, 5.500 €). El Costa Verde Express ofrece recorridos de 5 noches y sus etapas discurren entre Bilbao y Gijón. (Desde 2.700 €).