Transtibetano, en tren por el techo del mundo

El tren Qinghai Tibet o Transtibetano. Foto: Getty Images.

Transtibetano, en tren por el techo del mundo

La espectacular línea férrea que discurre por uno de los territorios más extremos (y hermosos) del planeta

Sergi Reboredo

Barcelona

24/05/2020 - 18:30h

El lejano Tíbet, junto a los Himalayas, con sus templos y palacios budistas, constituye un lugar tan difícil de alcanzar como hermoso y fascinante. Si todo viaje en tren es especial, este que transcurre por uno de los territorios más extremos del planeta, sin duda, resulta una aventura tan singular como imborrable.

Si hablamos de números, el Transtibetano –llamado también tren de Qinghai-Tibet o Tren de las Nubes– ostenta varios récords. Es la línea férrea más alta del mundo: 960 km de raíles ubicados a 4.000 m sobre el nivel del mar, alcanzando en un punto los 5.072 m de altitud.

De Shanghái a Lhasa, el tren recorre 4.300 km en su mayoría sobre hielo y nieve y alcanza los 5.072 m de altitud

No existe ningún otro tren con alrededor de 550 km de vías clavadas en superficies congeladas. Y, además, incluye el puente ferroviario más extenso de la Tierra, sobre el río Qingshui, en la zona despoblada de Hoh Xil, con una extensión de nada menos que 11,7 km. Por si eso fuera poco, cuenta con el hándicap de atravesar una región conocida por sus terremotos y una baja presión atmosférica.

Se trata de la línea férrea que funciona a más altura del mundo. Foto Michael Reynolds EFE

Se trata de la línea férrea que funciona a más altura del mundo. Foto: Michael Reynolds | EFE.

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Proeza de la ingeniería

Para el régimen chino, su construcción supuso una proeza, pero no todos lo vieron igual: para los tibetanos es una forma más de colonización china y, para los ecologistas, un atentado contra el medio ambiente. En todo caso, fue un proyecto sin precedentes en la historia de la Humanidad, tal y como afirmó en su solemne inauguración en 2006 el primer ministro chino Zhu Rongji.

En algo más de dos días, el tren atraviesa 4.300 km desde Shanghái a Lhasa. Su velocidad es de unos 120 km/h en los tramos convencionales y 100 km/h en las vías ancladas al permafrost, como se conoce a la capa de suelo permanentemente cubierta de hielo o nieve. No se trata de llegar cuanto antes; sino de saborear un paisaje increíble y diferente a todo lo visto hasta ahora.

Con una velocidad de entre 100 y 120 km/h, el objetivo no es llegar cuanto antes, sino saborear la belleza extrema del paisaje

Un tren para las alturas

Debido a la peculiar topografía, los convoyes fueron diseñados y adaptados para transitar por altitudes extremas. Las locomotoras diésel, construidas por General Electric en Pennsylvania, incluyen un turbocompresor para combatir el efecto reductor de energía que permite recorrer la mitad del trayecto con bajas presiones atmosféricas. Para proteger a los pasajeros del mal de altura, existe un sistema de suministro de aire que aumenta la cantidad de oxígeno en los coches a medida que el tren asciende y además.

El tramo Qinghai Tibet, el más largo del mundo con 1.140 kilómetros, fue inaugurado el 1 de julio del 2006. Foto Wu Hong EFE

El tramo Qinghai-Tíbet fue inaugurado el 1 de julio del 2006. Foto: Wu Hong | EFE.

La temperatura está regulada y la atmósfera, presurizada. Las ventanas, que no pueden abrirse, están acristaladas con un revestimiento UV como medida de protección solar. Por si acaso, en el tren viaja siempre un médico de forma permanente.

Shanghái, punto de partida

Es difícil imaginar cómo una humilde aldea de pescadores en la desembocadura del río Yangzté ha devenido en la ciudad más grande del país y en la octava del mundo.

Unas 24 millones de almas compiten en esta jungla de asfalto que pugna por convertirse en paradigma de la China del siglo XXI y la globalización. Una megalópolis que combina vanguardia e historia y que puede resultar abrumadora para el visitante que llega por primera vez.

El Bund es su lugar más emblemático. Fue el centro de la concesión internacional durante los años en los que la ciudad fue conocida con apelativos del tipo la ‘París de Oriente’ o la ‘Perla de China’. Aquella época dorada terminó con la llegada de las tropas comunistas en 1949 y Shanghái se convirtió en la ciudad más comunista y puritana del país.

A principios de 1990 despertó finalmente de su letargo y pasó de nuevo a capitanear los destinos económicos de China y a recuperar algo del ambiente de antaño.

Estación de Shanghái, comienza la aventura. Foto Sergi Reboredo.

Estación de Shanghái: comienza la aventura. Foto: Sergi Reboredo.

En la estación de Shanghái nos aguarda nuestro tren Z164, con hora prevista de salida a las 20.10 h. Ubicada en Moling Road, en el distrito de Zhabei, el edificio de la estación tiene un diseño circular, con 2 plantas y 13 plataformas. Llegamos al andén y al comparar nuestro convoy con algunos de los trenes bala estacionados cerca, parece que retrocedemos 25 años en el tiempo.

La línea ferroviaria cuenta con la estación más alta del mundo: es la de Tanggula, a 5,068 metros sobre el nivel del mar

Sin embargo, como la mayoría de los trenes en China, su interior está bastante limpio. Cuenta con tres clases diferentes: asientos rígidos, compartimentos medio abiertos con camas duras y compartimentos cerrados para cuatro personas, con camas gruesas, más espaciosos y cómodos.

El coche-restaurante es bastante austero y únicamente dispone de bebidas y comidas chinas envasadas. Un carrito pasa por los vagones cada cierto tiempo. Casi siempre lleva arroz, algunas verduras y fideos. También hay un dispensador de agua caliente en la mayoría de los coches, perfecto para calentar los fideos instantáneos o prepararse un té.

Xi’an, hogar de los guerreros

De Shanghái a Lhasa hay unas 13 estaciones importantes y decenas de apeaderos. Una opción recomendable consiste en hacer una parada en Xi’an para visitar la tumba del emperador, custodiada por los insignes guerreros de terracota. Eso supone sacar dos billetes, uno hasta Xi’an, pasar unos días allí y luego viajar desde Xi’an hasta Lhasa.

Guerreros de Xi'an. Foto Manoj Kumar Kasirajan Unsplash

Guerreros de Xi'an. Foto: Manoj Kumar Kasirajan | Unsplash.

A las 11.14 h del día siguiente el tren se detiene en la estación, próxima al yacimiento descubierto -por casualidad- en la primavera de 1974.

Bajo unos cuantos metros cúbicos de arena roja, unos campesinos encontraron 7.000 guerreros de barro montando guardia junto al mausoleo del emperador Qin Shi Huang.

Las figuras-arqueros, ballesteros, carros y guerreros- están hechas en barro a un tamaño natural de entre 1,76 y 1,82 m, modeladas una a una, probablemente a imagen y semejanza del ejército que en aquel momento servía al emperador.

Dentro de las murallas que rodean la ciudad se pueden visitar la torre de la Campana y su alter ego, la torre del Tambor, además de pasear en bicicleta por los 14 km de perímetro de la muralla, perfectamente conservada y construida entre 1374 y 1378.

Xi'an Bell Tower, Xi'an. Foto lin qiang Unsplash

La Torre de la Campana,  en Xi'an. Foto: Lin Qiang | Unsplash.

Camino a Lhasa

El tren abandona Xi’an a las 11.24 h de la mañana siguiente. Para dejarnos subir al tren se comprueba que todos tengamos el salvoconducto a Tíbet en regla, además de revisar el equipaje para comprobar que no poseemos ninguna imagen del dalái lama, pues está prohibido.

Ya dentro del tren, el revisor reparte los formularios de declaración de salud. En la parte posterior están las instrucciones de viaje de la Administración Ferroviaria, que aconsejan no viajar si se padece una enfermedad cardíaca, edema pulmonar, asma, resfriado intenso, mujeres embarazadas en los últimos meses de gestación y un larguísimo etcétera que incluye epilepsia y esquizofrenia.

Los envases de plástico vacíos de fideos instantáneos se desperdigan por el suelo a última hora de la tarde. Desde la ventana se aprecian algunos hornos de ladrillo y viviendas de hormigón con las ventanas rotas.

Estamos llegando a Lanzhou, una ciudad de 2,4 millones de habitantes cuya economía gira alrededor del carbón y la refinación de petróleo. Sus atractivos no son tantos como para que los viajeros bajen del tren aunque, siglos atrás, durante la dinastía Han, su historia estuvo ligada a la Ruta de la Seda y fue uno de los centros de tránsito de las caravanas que comerciaban con Occidente.

Transtibetano. Foto Sergi Reboredo.

Foto: Sergi Reboredo.

Desde la ventanilla del tren se divisa a lo lejos la cadena montañosa de Kunkun, de nieves eternas. Es una de las más largas de Asia, con más de 3.000 km de longitud y unos 200 picos que superan los 6.000 m de altura. La planicie ocupa varias extensiones de terreno repletas de pastizales en las que se pueden ver pastando rebaños de yaks.

Comienzan a verse ondear algunas banderas de oración, señal de que nos estamos acercando al Tíbet.

Sobre el mediodía, pasamos por Tanggula, la estación de tren más alta del planeta. Lamentablemente, los trenes de pasajeros no paran. Estamos a más de 5.000 m de altura y los niveles de oxígeno en esta zona ya están mermados en un 60%. Algunos pasajeros muestran signos de fatiga y congestión y andan buscando analgésicos.

Lhasa, merecida recompensa

El tren hace su entrada en la estación de Lhasa a las 19.30 h. Allí nos esperan nuestros guías, deseosos de enseñarnos la capital del Tíbet, tierra de armonía, lagos sagrados, monasterios budistas, nómadas enclavados en el tiempo y oriflamas multicolor ondeando sobre un intenso cielo azul. La recompensa tras el largo viaje no es otra que el corazón sagrado del budismo tibetano.

El Potala es la residencia del Dalai Lama en Lhasa. Foto Sergi Reboredo.

El palacio de Potala es la residencia del Dalai Lama en Lhasa. Foto: Sergi Reboredo.

Lhasa es la sede tradicional de los lamas y los lugares venerados por esta religión, como el palacio de Potala, el palacio de Norbulingka y el templo de Jokhang, todos clasificados como Patrimonio Mundial de la Unesco.

El palacio de Potala constituye el máximo ejemplo de la arquitectura tibetana. Con estructura de madera y gruesos muros de granito, adornado con tallas en tejados y aleros, fue la residencia oficial de los daláis lamas desde su fundación en 1648 hasta su exilio. Su esplendor es el premio final a los viajeros tras atravesar el techo del mundo en el ferrocarril Quinghai-Tíbet.