Okuda San Miguel, el ácrata del color

Una entrada al universo multicolor, simbólico y geométrico de Okuda. Foto Elchino Po.

Okuda San Miguel, el ácrata del color

El artista urbano Okuda San Miguel presenta 'Colouring the world' (Espasa), un libro que recoge sus reflexiones sobre la vida y el arte y descifra su obra

Galo Martín Aparicio

Madrid

19/06/2020 - 18:08h

Un cielo de nubes rosa flúor, vagones de metro pintados y en los quioscos pilas del El jardín de las delicias para informar a la gente. En esa ciudad de colores primarios saturados, más quimérica que real, le gustaría vivir a Okuda San Miguel. Un renacentista del andamio enamorado del Bosco que habla por medio de triángulos de neón.

Okuda cuenta que el juez Baltasar Garzón le dijo que se dedicara a pintar y que se dejara de tonterías después de pasar un par de noches en un calabozo de la Audiencia Nacional. Le hizo algo más que caso, que es lo que se suele hacer a quien no es tu padre.

Ha pasado el tiempo y, además de pintar, esculpir, fotografiar y bordar -bueno, eso lo hacen su madre y su hermana-, también ha escrito un libro. Colouring the world es su título y lo publica Espasa. Sus once capítulos adoptan la forma de una ganzúa con la que es posible abrir la mente de este artista y allanarla para tratar de entender su universo multicolor, simbólico y geométrico.

El artista cántabro no se considera un místico, pero sí alguien que vive al margen de la realidad, instalado en un oasis y enfocado en la creación

Influido por los surrealistas Max Ernst, Dalí y Magritte y las culturas prehispánicas y polinésicas, no hace falta que firme sus obras para reconocerlas, su particular lenguaje iconográfico funciona como un código de barras. En sus murales se adivinan palomas, pieles de ladrillos, calaveras o cabezas de jaula, por citar un puñado de elementos metafóricos y poéticos de los que Okuda se vale para transmitir positivismo y plasmar conceptos contradictorios que incitan a la reflexión. “No doy respuestas. Abro caminos”, escribe en su libro no apto para daltónicos.

Okuda San Miguel. Foto Hugo C. Pecellín

Colouring the world es el nombre de su libro. Foto: Hugo C. Pecellín.

Igual que el pintor suizo Johannes Itten, profesor en la escuela de la Bauhaus, Okuda luce una vestimenta que él mismo considera una extensión de su obra y en torno al color ha articulado un discurso.

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El artista cántabro no es un místico, sí alguien que vive al margen de la realidad, instalado en un oasis y enfocado en la creación. Okuda crea con la misma pulsión que un adolescente magnifica los sentimientos.

El joven Óscar, que así es como le llamaron sus padres, se formó en la calle y en la facultad de Bellas Artes. La diversión la encontró en las fábricas abandonadas y en lo alto de los andamios. En el interior de esas viejas construcciones periféricas y grises pintó en compañía de su tribu, como antes lo hicieron un puñado de hombres del paleolítico en las cuevas de Altamira. Okuda hace arte rupestre surrealista.

Okuda y la geometría

Hay un Okuda antes y después de la geometría. Durante ese proceso tridimensional se ha movido de la clandestinidad y el anonimato hasta convertirse en el meridiano de Greenwich en el mundo del arte urbano. Lleva veinte años fuera de Santander, ciudad en la que nació, viviendo en su pompa de jabón en Madrid y viajando por el mundo. Estarse quieto le produce urticaria, a no ser que esté suspendido en una grúa a un buen puñado de metros de altura, bote de espray en mano.

El confinamiento por culpa de la pandemia le ha frenado en seco. El año pasado estuvo inmerso en 80 proyectos, este año, hasta la fecha, en uno. “Después de tanto tiempo encerrado no te imaginas la necesidad que tengo de subirme a una grúa”, dice Okuda vía Skype, en su ático con terraza en Madrid, en una habitación decorada con una pintura suya. Desde la distancia uno se imagina que sus coloridos murales hacen la misma función que las plantas en el interior de las casas.

De templo religioso a templo del arte urbano. Foto Elchino Po.

De templo religioso a templo del arte urbano. Foto: Elchino Po.

Okuda no pinta mucho en España, dice que tampoco lo ha necesitado. Aunque el punto de inflexión en su carrera como artista fue la metamorfosis que llevó a cabo en la iglesia asturiana de Llanera en 2015. De templo religioso lo transformó en un templo de arte urbano, Kaos Temple, donde las hostias se las dan los patinadores al fallar una acrobacia en vez de los curas a los fieles.

Luego creó una falla para el Ayuntamiento de Valencia y ha participado en el proyecto social Titanes, del que fue comisario y pintó los silos de Calzada de Calatrava y Villanueva de los Infantes, en Ciudad Real.

Su último trabajo nacional le va a llevar este verano a Cantabria y a la polémica. Le han encargado pintar el faro de Ajo. Para muchos vecinos y artistas locales, una construcción sobria y práctica que no necesita ninguna mano de pintura. Para Okuda, que ve el mundo a través de un filtro geométrico y surrealista, no es más que un cilindro blanco, el primero que va a colorear. Dice que le parece extraño, que para un trabajo que va a hacer en su tierra, exista la posibilidad de no poder hacerlo. Esta situación le duele por su familia, confiesa. Trabajo no le falta, le llaman de todo el mundo para que deje su huella en un muro.

El color, un idioma universal

Sus murales transforman los muros y a la gente que los contempla. El color es un idioma universal y revolucionario. En un arrabal de Moscú, el círculo cromático con el que suele componer Okuda, similar al arcoíris, hizo saltar las alarmas. Cualquier referencia a la homosexualidad está considerada propaganda ilegal en Rusia. Le prohibieron usar el violeta, aunque hubiera dado lo mismo que también lo hubieran hecho con el rojo o el azul, la gente ya estaba hablando de aquello que las autoridades querían y quieren silenciar.

Foto Elchino Po.

Foto: Elchino Po.

Ese cambio es una esperanza, una luz prendida por el color en una habitación oscura. Un sentimiento que rompe fronteras. “Con una o dos personas, sobre todo si son niños, que se sientan afortunadas por vivir en un edificio que antes tenía una fachada gris y ahora de colores me basta para sentirme súper feliz”, dice Okuda.

Quien le contrata a él y a su séquito de niños grandes le gusta lo que pinta y las sorpresas. También tiene que asumir lo mucho que se va a gastar en espray de pinturas. Raro es que sean menos de 500 botes.

Raro también es que el boceto que muestre la primera vez no lo modifique bastante. Las ideas las piensa en los aviones, de camino al lugar. Tiene que estar delante del muro, sentarse y pensar qué y cómo lo va hacer. Una vez metido en faena, subido en una grúa, con un palo súper largo y una brocha, boceta y cambia sobre la marcha. “Es el propio avance en la composición el que me dicta el siguiente paso. La creación se mantiene viva, no marco todo al principio y lo relleno”, explica este artista disfrazado de operario.

Los brazos hidráulicos y articulados que le elevan son su golosina. Okuda se siente más cómodo trabajando en cuadros a partir de dos metros y en fachadas de 25 plantas. Dice que las obras de gran formato le permiten descubrir algo nuevo cada vez que las mira. Obras tan grandes como su sueño de exponer en el Museo del Prado las 11 interpretaciones de 5 x 4 metros que está realizando de su admirado tríptico El jardín de las delicias.

Royal family of the Plastic Island, de 2018, Okuda San Miguel.

Royal family of the Plastic Island, de 2018, Okuda San Miguel.

Okuda es un artista de la calle con estudio que no necesita galería en la que exponer su obra. Sus redes sociales son para sus seguidores una mirilla por la que mirar qué hace, contra que canon establecido se está revelando. ¿Qué pasa con las personas ciegas? Okuda les invita a pensar en el tacto de 112 manos de distintas edades y razas masajeándoles y estrujándoles todo el cuerpo, haciéndoles sentir una energía procedente de otras culturas. Contemplar una obra de Okuda es lo más cerca que muchos de nosotros vamos a estar de practicar sexo en grupo. Aprovechemos que ni mancha ni cansa.

Es cierto que Okuda hizo caso al juez Baltasar Garzón, pero en Estados Unidos volvió a una celda, por escándalo público y allanar una propiedad privada, desnudo. A saber si lucía una piel de ladrillos o de qué color.