La resistencia centenaria de los colmados de Barcelona

Queviures Múrria, uno de los colmados más emblemáticos de Barcelona. Fotos: Lourdes Jansana.

La resistencia centenaria de los colmados de Barcelona

En 'Colmados de Barcelona' se repasa la larga historia de estos comercios que sobreviven contra viento y marea

Juan Pedro Chuet-Missé

Barcelona

28/04/2019 - 11:02h

Cada vez que un colmado centenario cierra sus puertas se pierde mucho más que un negocio. Es un modelo comercial que sobrevive a las crisis y la irrupción de las grandes superficies, establecimientos que en algunos casos figuran en las guías turísticas por su variedad de productos que los convierten en una experiencia gastronómica diferente.

Hay colmados que sobreviven porque se especializaron en productos delicatessen y cuentan con una clientela que está dispuesta a pagar un poco más a cambio de calidad.

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Otros se diversificaron como vinerías, charcuterías gourmet o cafeterías. Todos, de una u otra forma, mantienen una resistencia numantina, como si fuera la aldea gala de Astérix, describe Inés Butrón, autora de ‘Colmados de Barcelona: historia de una revolución comestible’.

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Joan Múrria, al frente de Queviures Múrria.

Adaptarse a los cambios

Este libro publicado por SD Edicions va más allá de la mera descripción de los colmados, vinatecas, mantequerías y tiendas de alimentación más emblemáticas de la capital catalana.

Testigos de una manera de vivir y consumir en el siglo XIX y parte del XX, los colmados apuestan por la calidad para diversificarse 

Se trata de analizar cómo este tipo de comercio floreció en la segunda mitad del siglo XIX, atravesó crisis, guerras y años de penurias económicas, y de qué manera resiste frente a los hipermercados, las sucursales de cadenas y las nuevas modalidades de compras.

La piedra angular

Los colmados tienen una “naturaleza poliédrica”, precisa esta filóloga y especialista en cocina, porque son la piedra angular de la historia de la alimentación en Barcelona y de los cambios que la han transformado.

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Portada de Colmados de Barcelona.

Una docena de establecimientos que todavía existen, contra viento y marea, sirven de hilo conductor para repasar la historia de estas tiendas en particular y de la evolución en la gastronomía y de este tipo de comercios en general.

Parada intermedia

Los colmados fueron el punto intermedio entre las paradas de los mercados y la venta ambulante de alimentos.

Algunos, como la Casa Gispert (Sombrerers 23), abierta en 1851, se especializaron en productos como los frutos secos y las especias, que aún conserva su presentación al granel en bolsas y aparadores. Como en el último siglo y medio, se percibe el aroma del tostado que realiza un viejo horno a leña.

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Selección de bebidas en el Colmado Quílez.

Para visitar y descubrir

Muchos de estos colmados centenarios se encuentran en el Eixample, surgidos de la explosión urbanística que diseñó Idelfons Cerdà cuando cayeron las murallas medievales.

Muchos de los colmados centenarios se encuentran en el barrio del Eixample

Se sugiere que el visitante los descubra con la misma pasión con que llega a los templos y edificios más emblemáticos de Barcelona, y que vea los elegantes escaparates del Queviures Múrria (Roger de Llúria 85) o el Colmado Quílez (Rambla de Catalunya 65), así como sus interiores que, como dice un experto gastrónomo, son “un festival para los ojos”.

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Casa Alfonso: café, brasería y charcutería.

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El libro de Butrón también explora otros comercios relacionados con los colmados, como las mantequerías que surgieron en 1920 y que tiene a La Sierra (Roselló 160) como una de sus representantes de estos locales con una impronta ‘a la francesa’.

También hay comercios como Casa Alfonso (Roger de Llúria 6), Betlem (Girona 70) Los Caracoles (Escudellers 14) o El Jabalí (Ronda de Sant Pau 15) que han derivado en charcuterías con degustación, con una diversificación en cafetería, sitio de vermut y lo que el paladar quiera.

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Venta al granel en Casa Perris.

La clave: la fidelidad

Son sobrevivientes, y la clave de su historia reside en una palabra. “Hay quien le es fiel a su peluquero, a su psiquiatra, a su perrito faldero, pero mi madre solo le era fiel a su tendero. Y a mi padre, supongo”, dice Butrón.

Fidelidad viene de fe. Y que estos comercios sigan adelante cuando el siglo XXI cumplió su mayoría de edad es un acto de fe.